martes, 21 de septiembre de 2010

ZAVALETA MERCADO, René

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ZAVALETA MERCADO, René
1936-1984

Zavaleta, como Almaraz, tuvo la generosidad de vivir la revolución del 52 y caer con ella. Estudiando el “mapa intelectual y moral” del país desde la postguerra del Chaco, uno puede percibir la kulturkampff (guerra cultural) que desarrolló
el MNR “contra la incultura de la plata y la anticultura del estaño”. Los grandes intelectuales de la oligarquía, la historiografía antinacional fueron sañudamente
criticados como parte de una lucha mayor por la autodeterminación y fortalecimiento
del Estado nacional frente al Superestado minero. Esta semilla se tradujo en un discurso intransigente, mordaz, agudo y radical que recogía cierto élan
cholo, cierta agresividad khesti que excede los marcos clasistas porque responde a una acumulación cultural étnica. Zavaleta fue digno heredero de ese proceso
y por eso habló del “sentido khesti de la historia” (khesti es, en aymara, sucio y es una alusión a la plebe). Zavaleta no era un discutidor escolástico o polemista de academia. Educado en Oxford, jamás hubiera podido moderar, sin embargo,
su expresividad teñida de esa cholidad movimientista a las dimensiones cubiculares del cerebro de un académico. Zavaleta aceptaba los argumentos ajenos
como un camarada que da enérgicas palmadas en la espalda y los rechazaba a trompadas conceptuales. Era un cholo expresionista que tenía en la mente toda
la cultura política de su tiempo y la expresaba como le daba la gana, a veces sacrificando una conceptualización más compleja a una frase feliz, al mejor estilo de Augusto Céspedes, como cuando dice que el presidente Toro “era capaz de contar chascarrillos en el entierro de su abuela”, o que al Dr. Walter Guevara lo perseguía “la musa de la mala pata”, o, por último, marca la diferencia con la
generación del MIR refiriéndose a Jorge Ríos Dalenz en estos términos: “Comienzo mi lectura de Althusser mientras Chichi Ríos agota su décimo D’Artagnan”.
Habla del “feudalismo zonzo en Bolivia, de la “oligarquía birlocha”; dice de los piristas que “no llegan al marxismo, arrancan de él como las polillas que salen de los libros guardados” y de los trostskistas que “son una suerte de ejército de salvación de la extrema izquierda”. Fue un militante leal del MNR y defendió a Víctor Paz como “el caudillo que expresa la movilización de las masas”. Incluso
su obra sobre el desarrollo de la conciencia nacional, en el fondo y en el estilo, es una continuación de la obra de Carlos Montenegro; pero desarrollos posteriores determinaron su inmersión, cada vez más profunda, en el anhelo de conocer el
proceso histórico boliviano desde una perspectiva científica, deshipotecando al marxismo de sus reduccionismos.
Zavaleta “tuvo una formación, un contexto, una historia: nadie escapa a su propia vida. Hombre que supo ilusionarse con el ‘reino de la libertad’ que el 52
prometía ofrecer, tuvo Zavaleta que hacer un largo viaje intelectual y político para, en la última época de su vida, acercarse a una comprensión paulatina del
indio. Romper con el nacionalismo revolucionario fue, para ello, imprescindible”.
Y dentro del marxismo, romper lanzas con el reduccionismo clasista y el economicismo, comenta Ricardo Calla.
Entre los liderazgos del espectro político (“la dirección consciente”) y la autodeterminación de la masa, Zavaleta murió preguntándose si nuestros “directores
conscientes” no serán otra cosa que los exponentes del restablecimiento de las relaciones de señorío. La capacidad revolucionaria de las masas, sus momentos
de desagregación, sus momentos de disponibilidad (es decir, cuando necesitan históricamente una dirección intelectual y moral) y su dramática carencia de líderes
propios fueron los problemas que comenzó a abordar en sus últimos años.
Al trabajo teórico de Zavaleta le debemos la construcción de conceptos básicos
como “sociedad abigarrada”, “momento constitutivo”, “acumulación en el seno de la clase”, “centralidad obrera” y “autodeterminación de la masa”. Como en el caso de Almaraz, el proceso del 52 fue para Zavaleta el gran objeto de sus observaciones y de su construcción de conceptos. Como fue testigo del
papel central que jugó el proletariado minero en la victoria del 52 sobre el ejército oligárquico, no le costó hablar del concepto de “centralidad obrera”, pero no
deduciéndolo de la teoría marxista, sino de la observación empírica de un gran momento de
ruptura histórica, que fue el escenario en el cual la clase obrera boliviana tuvo su “momento constitutivo”.
Por eso, cuando alguien le preguntó con sorna: “René, ¿cómo está el mar boliviano”, Zavaleta le contestó: “Bien, ¿y cómo está la clase obrera ecuatoriana?”.
Decía asimismo: “Bolivia no tendrá Miss Mundo, ¡pero tiene una clase obrera...!”, según recuerda Fernando Mayorga.
A Zavaleta no le parecía suficiente la concepción marxista de que una clase se define por el lugar que ocupa en la estructura económica; creía más importante estudiar su “historia subjetiva”, el conjunto de prácticas y métodos de lucha que había acumulado en su memoria de clase, las relaciones concretas con
otros actores sociales que había incorporado a su experiencia. A esto Zavaleta lo denominó “acumulación en el seno de la clase”. Por último, percibió que en los grandes momentos de ruptura, como fue la revolución del 52, había también
líneas de continuidad de procesos anteriores. El 52 había incorporado definitivamente al indio en la vida nacional, pero al mismo tiempo había rearticulado a la
casta señorial que gobernó el país desde la fundación de la República. Lo mismo pensaba del inicio del proceso democrático en 1982: le dolía la soledad de clase del proletariado minero, y su carencia de líderes populares de alcance nacional, al mismo tiempo que veía en los nuevos liderazgos otro restablecimiento de las relaciones de señorío que seguía excluyendo al verdadero movimiento popular.
Allí es donde Zavaleta comenzó a hablar de la “autodeterminación de la masa”.
La historia de Bolivia antes del 52 había sido la crónica de la resistencia de una casta blancoide frente al asedio continuo de la indiada, que irrumpía en la vida nacional como un malón, sin afectar la estructura del Estado oligárquico. El 52 amplió la vida nacional incorporando al indio en el mecanismo central de la democracia que es el sufragio; pero los indios carecían de líderes propios y entonces acataban el liderazgo de los representantes de la casta señorial, fueran de derecha o de izquierda. “Bolivia había sido desde siempre un país de señores y nadie ni en la izquierda ni en la derecha, como no fuera la plebe pura en su rabia más cerrada, pensaba (a lo largo de esas elecciones) que tal cosa pudiera cambiar en lo esencial”, decía Zavaleta.
Al estudiar lo nacional-popular en Bolivia, dejó una preocupación que fue recogida por sus discípulos: hasta dónde podía conjugarse la presencia de los indios con esa construcción oligárquica que conocemos con el nombre de Nación boliviana.
¿Habrá sido suficiente el 52 para legitimar la Nación boliviana e incorporar definitivamente en su seno a los indios, o será necesaria otra construcción desde
la óptica de los indios y sus diversas culturas?
¿Qué entendía Zavaleta por “sociedad abigarrada”? Aquellas formaciones sociales donde se ha extendido en todo el tejido social el modo de producción capitalista, son cognoscibles, es decir, permiten aplicar un modelo de regularidad para entender cómo son y cómo funcionan. Pero allá donde hay muchos modos
de producción superpuestos, y cada uno de ellos con su entramado de ideologías y formas de vida, más una sociedad de castas y problemas étnicos no resueltos,
sólo podemos usar modelos de presunción porque son sociedades abigarradas.
¿Qué era para Zavaleta el “Momento constitutivo”?: En el desarrollo histórico se producen rupturas, en las cuales la masa está dispuesta a creer en cosas distintas
a las que estaban vigentes, a renovar liderazgos, a rescatar concepciones y formas de acción que había acumulado en su memoria, pero también a olvidar
concepciones y formas de acción que quiere desechar. Zavaleta decía que cuando hay una ruptura, la gente se vacía relativamente de los prejuicios previos y en
ese vacío hay disponibilidad para asumir ideologías nuevas, nuevos postulados y proyectos. La memoria de la masa es “la existencia presente y colectiva de los
hechos pasados, inciertos y sueltos”, y actúa como un filtro, rescatando algunos elementos y sumergiendo en el olvido otros.
¿Qué postulaba en la fórmula “Acumulación en el seno de la clase”?: Zavaleta era un pensador marxista, pero la herencia teórica que recibió, él sabía que no era
suficiente y había que repensarla y enriquecerla y cubrir muchos de sus vacíos para explicar fenómenos concretos, en este caso, la historia de Bolivia.
De este modo construyó un modelo de explicación sociológica incorporando el examen de la historia. Así pues, la “acumulación en el seno de la clase” es la “historia subjetiva de una clase”.
¿Qué entendía por “autodeterminación de la masa”? “La masa es el momento épico de unificación de la sociedad civil”, dice Luis Tapia. Hay un momento
político donde los individuos se unifican ya sea en torno a convocatorias de subversión o de algún tipo de vivencia comunitaria; pero las clases fundamentales irradian, por eso las masas pueden constituirse también de modo reaccionario.
“No puedo dejar de sorprenderme de sus alcances, que conceptos producidos desde una tradición teórica tan general, tan universal, como el marxismo, hayan
sido quizá mejorados, superados, prestando atención a una historia concreta, en este caso, la boliviana”, dice Luis H. Antezana.
Bolivia es un intento de construcción, es
un proceso de construcciones, cuya legitimidad puede y debe ser cuestionada.
“A partir de 1952, todo deberá resolverse teniendo en cuenta a los indios, que se vuelven, por vez primera y para siempre, en hombres interiores al marco del
estado, hecho que implica una vasta democratización de la sociedad boliviana”, agrega. Combina el análisis de clase con el análisis de la casta y de lo étnico. Incluso conceptos como hegemonía los traslada al problema de casta y étnico.
¿Qué problemas básicos nos deja? El de continuar investigando el papel preciso del ‘indio’ en esta ‘sociedad abigarrada’ que no termina de asemejarse a una ‘nación’”, dice Ricardo Calla.
René Zavaleta Mercado, según testimonio de su primo, Osvaldo Navia Mercado, nació en Tacopaya, entonces provincia Arque un 3 de junio y murió en México un 23 de diciembre; lo inscribieron en Oruro como nacido allí. Por estas razones lo incluimos en esta lista. Sus padres: René Zavaleta Arroyo y Herminia Mercado. Tuvo dos hermanos. Estudió en el Colegio Nacional Ayacucho y se graduó de abogado en la UMSA; se casó en Uruguay con Alma Reyles y tuvo numerosa familia. Colaboró en la revista “Praxis” y en la Coordinadora de la Resistencia Nacionalista, ambas fundadas por Sergio Almaraz. Fue diplomático en Uruguay y en Chile, cuando la desviación de las aguas del río Lauca, que determinó la ruptura de relaciones el 16 de abril de 1962, que dura hasta hoy, siendo embajador Germán Monroy Block.
Fue el último ministro de Minas del régimen del MNR hasta el 4 de noviembre de 1964, en que salió al exilio, a Venezuela y luego al Uruguay.
En 1967 publicó en Montevideo su ensayo “Bolivia, el desarrollo de la conciencia nacional”. En 1971 concurrió a la fundación del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria desde su exilio en Chile, aunque luego abandonaría el proyecto.
Hasta 1973 fue consultor de la Oficina de Planificación de la Presidencia de la República de Chile / ODEPLAN y en el Centro de Estudios de la Realidad Nacional / CEREN, de la Universidad de Chile. A fines de 1972 concluyó su ensayo “El poder dual”, publicado por Editorial Siglo XXI, México. En esta época ingresó al Partido Comunista de Bolivia, aunque poco después no era visible ni clara su militancia partidaria. Fue director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales / FLACSO, en México, y profesor tanto en este instituto como en la Universidad Nacional Autónoma de México. En 1983 fue coordinador del libro “Bolivia hoy”, editado por Siglo XXI, México; el mismo año publicó “Las masas en noviembre”, que contiene tres valiosos ensayos, y poco antes de morir, en 1984, salió a luz “Lo nacional-popular en Bolivia”, su última contribución al pensamiento latinoamericano. El estudio más completo sobre su obra es La producción del conocimiento local, escrita por Luis Tapia Mealla.

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