viernes, 24 de septiembre de 2010

ALMARAZ PAZ, Sergio

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ALMARAZ PAZ, Sergio

SERGIO ANTONIO ALMARAZ PAZ nació en Cochabamba el 1º de diciembre de 1928 y murió en La Paz el 11 de mayo de 1968. Hijo de Julio Almaraz Salinas y María Jesús Paz, tuvo una hermana, Margarita. Se casó con Elena Ossio y engendró dos hijos: Pablo y Alejandro.
Hizo sus primeras letras en el Colegio Alemán de Cochabamba , en la Escuela México de La Paz, y de retorno a Cochabamba, en la Escuela Crisóstomo Carrillo y los colegios La Salle e Instituto Americano; más tarde debió continuar en el ciclo nocturno del Colegio Nacional “Sucre”, cambio sobre el cual registré hace algún tiempo un testimonio del finado Dr. Carlos Quiroga Ocampo. Me decía que ambos, siendo estudiantes de secundaria, habían repartido volantes, probablemente contra el régimen de Peñaranda, desde un avión que sobrevoló Cochabamba. Fueron detenidos y Quiroga tuvo que salir a Chile; Don Julio Almaraz, profesor de Química y de familia muy respetada, logró el indulto para Sergio. Veraz o inventada, la anécdota es al menos valiosa para comprender el compromiso temprano de Sergio con las luchas populares, pues a sus 18 años ya era miembro de la “Célula Lenin” del Partido de la Izquierda Revolucionaria.
En 1943 se radicó con su madre y hermana en La Paz e ingresó a la Facultad de Derecho de la UMSA. Para entonces ya militaba en la Juventud del Partido de la Izquierda Revolucionaria / PIR. Desde muy joven organizó grupos de estudio, tales como el “Centro de Estudios Sociales Libertad”, junto a la vieja luchadora doña Angélica Azcui; la Federación de Juventudes Piristas y la “Célula Lenin” “Sergio Almaraz era un convencido del trabajo en grupo, en conjunto, de esta manera, uno de los grandes aciertos fue el diseminar, a lo largo de su vida, pequeños núcleos de trabajo”, dice Valentín Abecia López, y señala entre ellos el grupo “Wiphala”, conformado por artistas e intelectuales como Walter Solón Romero, Rolando Costa Arduz, Enrique Arnal, Gil Imaná Garrón y Óscar Soria”, entre otros. “Wiphala” tomó a su cargo una iniciativa de Almaraz, la construcción de la Ciudad del Niño, mediante una subasta pública de obras pictóricas.
Enamoró con una estudiante del Liceo de Señoritas Venezuela, Renata Kochmann, también militante de la juventud pirista, pero el partido lo envió a la escuela de cuadros del Partido Comunista de Chile, donde habían estudiado antes José Aguirre Gainsborg y José Antonio Arze. Dice Taboada Terán que Almaraz se casó con Renata “en un altar judío”, pero que la unión no duró mucho tiempo. A su retorno, Almaraz trató de reproducir la experiencia formando una escuela de adiestramiento político en la que enseñaba la historia del Partido Comunista de la URSS y fundando el periódico “Orientación”, órgano de las juventudes piristas.
Contrajo matrimonio con Elena Ossio el 11de abril de 1951 y juntos integraron la delegación boliviana al IIº Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes de Berlín. Fueron luego invitados al Congreso Mundial de la Paz, en Viena, y a visitar la Unión Internacional de Estudiantes, en Varsovia. Allí conocieron a Pablo Neruda, Jorge Amado e Ilya Ehremburg, entre otras personalidades.
Almaraz fue dirigente de la FUL de La Paz en 1948, y de la CUB hasta 1953; debido a las persecuciones y exilios no pasó del tercer año de Derecho. Por entonces se relacionó con la segunda generación de “Gesta Bárbara”, junto a Gustavo Medinaceli, Julio de la Vega, Mario Guzmán Aspiazu, Armando Soriano Badani y Valentín Abecia Valdivieso.
Los errores históricos del PIR no se redujeron al colgamiento de Villarroel, que en lo inmediato le dio crédito político entre trabajadores y estudiantes; se acrecentaron con la inopinada autorización de un ministro del Trabajo pirista a la Gran Minería para el retiro de sus trabajadores en 1947. La juventud pirista fue distanciándose de la dirección del partido por obra de la Célula de Miraflores, que celebró seis sesiones de autocrítica en un salón ubicado en la Plaza Murillo, de La Paz, frente al Comité Central integrado por Arze, Anaya y Arratia. Arze decidió disolver el partido y el 17 de enero de 1950 nació el Partido Comunista de Bolivia, cuyos fundadores fueron Sergio Almaraz, Jorge Ovando Sanz, Luis Luksic, Jorge Kolle, Víctor Hugo Libera, Néstor Taboada y otros. El Presidente Urriolagoitia declaró al PCB fuera de la ley y Almaraz fue confinado a la isla de Coati, donde permaneció durante tres meses, al cabo de los cuales salió al exilio en Santiago de Chile. Allí se habría firmado un pacto de apoyo del PCB al MNR para la revolución del 52.
El Partido Comunista naciente se diferenció del viejo tronco del PIR en que apoyó al MNR para la revolución de abril de 1952. “En 1952, la insurrección de las masas acaudilladas por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) dio impulso a un torbellino que arrastró también al PCB; tendencia que no habría de mantenerse, al ser este último una y otra vez subordinado a la estrategia internacional de la URSS. Esta y otras causas hacen que en 1956, Almaraz presente su renuncia al Partido por considerar que su permanencia en él, ‘no convenía a ninguna de las partes’”, dice Vila de Prado. Ya libre de la militancia partidaria, en 1953 abrió la librería “Mundo Nuevo”, en La Paz. Publicó “Petróleo en Bolivia” en agosto de 1958, y el ensayo “Buscando el de profundis de una generación”.
En 1953 integró una delegación de la COB a Europa, que precedió a su renuncia y expulsión del PCB, y luego fue designado Oficial Mayor del Ministerio del Trabajo por el gobierno del MNR. Allí conoció a quien sería su compañero de lucha, el intelectual argentino Alfredo Perelman. Integró también una delegación de dirigentes sindicales invitados por el Foreign Office inglés con el propósito de conocer la fundición Williams Harvey en Liverpool, donde comprobó el propósito inocultable de disuadir a los bolivianos de instalar hornos similares en el país. A la caída del MNR se retiró a una pequeña propiedad heredada de su padre en Cochabamba, donde se dedicó al cultivo de rosas y claveles hasta l965, así como a la lectura y la reflexión para enriquecer sus ensayos posteriores. Fundó la revista “Praxis” (1964) y “Clarín”, de larga memoria, en la cual colaboraron los más destacados intelectuales de la época.
En 1967 ganó el Primer Premio Municipal de Ensayo en Cochabamba con su obra “El Poder y la Caída”. La Alcaldía se resistió a incluir en la edición prima el capítulo titulado “El sistema de Mayo”, porque era una crítica directa al régimen de entonces. A fines de este año participó en el célebre “Foro Nacional sobre el Petróleo y Gas” organizado por la FUL cochabambina, en el cual lanzó la consigna de la nacionalización de la Gulf Oil. En 1968 se agravó su salud y falleció el 11 de mayo de ese año luego de una operación en la Clínica Boston, de La Paz. Poco después se publicó su ensayo “Requiem para una república” y en 1979 salió a luz una colección de ensayos suyos, entrevistas y homenajes compilados por Mariano Baptista Gumucio con el título de “Para abrir el diálogo”.
SEMBLANZA
Uno diría que su temprana muerte fue también su paso iniciático hacia la gloria, porque de inmediato fue trasladado al Paraninfo de la Universidad de San Andrés y desde entonces se cumplieron en su honor múltiples homenajes póstumos. Son conocidas las palabras de Marcelo Quiroga Santa Cruz en aquella fecha luctuosa: “Por la misma puerta que entró a dialogar con los universitarios hace dos meses, salió hace pocos días su cuerpo que ya es bandera”... “Detrás de él saldrán mañana los universitarios y detrás de ellos todo un pueblo en procura del ideal de la independencia y la dignidad nacionales. Sergio Almaraz nos dio su obra y su vida; ahora nos da también su muerte”. En su vida hay un parteaguas que pareciera haber significado para él una ruptura epistemológica: la revolución de 1952. El último intento de limar diferencias con sus viejos camaradas fue la fundación del PCB, pero los acontecimientos desatados por la Revolución Nacional lo llevaron a encontrar su verdadera misión existencial: estudiar el proceso histórico boliviano sin ataduras ideológicas, sin obedecer a dogmas, con un claro y desprejuiciado examen de la realidad. Siendo testigo de un proceso nacional-popular de grandes transformaciones en lo económico, lo político y lo social, consagró su vida a fijar la historia con un rigor no superado y a encontrar en el presente las líneas de profundización del proceso. En la mejor de las acepciones, Almaraz fue testigo de su tiempo. A diferencia de los militantes de la izquierda tradicional, que se evadieron del proceso del 52, él fue testigo en el sentido de “mártir”, que rescata Ernesto Sábato. Al mismo tiempo asumió un compromiso existencial con ese proceso, similar en hondura filosófica a la que postulaba Albert Camus. Eso le permitió evadirse del dogma estalinista y hacer estudios específicos sobre las dos producciones de punta de una economía dependiente como la boliviana: la del estaño, que inició aun antes de la Nacionalización de las Minas su declinación en el mercado mundial, y la del petróleo y el gas, recursos en los cuales basaba la única esperanza de liberación de la Nación boliviana. La lucha por el estaño lo llevó a identificar a los numerosos agentes solapados de la Williams Harvey, transnacional que disuadía todo propósito de instalar hornos de fundición en Bolivia, y a destacar la labor de pioneros de la empresa privada en esta línea, como José Núñez Rosales, José Zalesky y Mariano Peró. La lucha por el petróleo y el gas lo llevó a denunciar el Código del Petróleo promulgado por el régimen movimientista, apellidado Davenport porque vino ya hecho de un célebre bufete norteamericano; así como el trato expoliatorio de la Gulf Oil con la Nación boliviana, pues nos pagaba regalías e impuestos muy inferiores a los que honraba en otros países productores, como Venezuela. Estas denuncias se tradujeron en su prédica constante por la nacionalización de las concesiones de la Gulf Oil en Bolivia. “Precediendo a la defensa del gas, del zinc, del estaño que debemos conservar como parte del patrimonio nacional, a tiempo de sostener que vamos a renacionalizar el gas y el petróleo, tendremos que recordar que hay un requisito previo: ha llegado a la vida nacional el momento en que debemos pensar todos en encontrar la forma efectiva y práctica de nacionalizar nuestro propio gobierno”, dijo Almaraz en su conferencia: “Lo Básico: No perder el gas y ganar el mercado argentino para YPFB”. “La estrategia del petróleo debe gravitar en torno a la conquista del mercado argentino en forma de operación a realizarse entre entidades fiscales de ambos países”.
Almaraz no se distanció del proceso iniciado en 1952; se aproximó al nacionalismo revolucionario y fue testigo de su declinación. En los últimos tiempos del régimen movimientista, llamó al proceso “la revolución arrodillada”; pero después de 1964 denunció que ese tiempo de las cosas pequeñas se había transformado en un entreguismo sin reservas. Almaraz no fue propiamente un militante estalinista del PIR, no fue propiamente un comunista aferrado a la línea internacional del partido, no fue propiamente un movimientista de conciencia adormecida por las canonjías del poder. Fue fundador de una línea de avanzada, la izquierda nacional. Antes que provocar diferencias en el seno de la izquierda con discusiones sobre formas de lucha y objetivos finales, logró unir a lo mejor de la “intelligentsia” de entonces con un programa mínimo: la defensa de los recursos naturales. Con ellos fundó la “Coordinación de la Resistencia Nacionalista”, opositora a la política del gobierno del General Barrientos. “No se trata de quitarle el fusil al combatiente y sustituirlo por un rosario, sino de utilizar otra clase de arma, el pensamiento, el que tiene su manifestación concreta en el diálogo”. “El encuentro que desea entre marxistas, cristianos y nacionalistas no es para buscar imposibles identidades doctrinarias, sino para encontrar soluciones a través de las cuales los sectores populares descubrirán el ser nacional, aquellas definiciones necesarias para trazar un arco de solidaridades que posibilite la existencia de la nación como sujeto colectivo.”, dice Vila de Prado. Por esa razón su legado se plasmó un año después de su muerte en la nacionalización de la Gulf Oil, y dos años después, en la estatización de Mina Matilde, además de una política de fundiciones que a la larga se plasmó en las empresas instaladas en Vinto, La Palca y Karachipampa.
UN MILITANTE “INORGÁNICO”
La vida “orgánica” de Almaraz en el seno del PIR y del PCB es una suerte de prehistoria de su auténtica vida política y de su desarrollo ideológico que se inicia con el rompimiento y la expulsión, momento en el cual recupera su voz propia y examina la historia del país sin dogmatismos ni ataduras, con una objetividad centrada en una sola consigna: la defensa de los recursos naturales. Usa con ductilidad los conceptos de clase y nación, pues si se limitaba al primero le hubiera impedido reconocer la obra de pioneros pertenecientes a la burguesía; no tiene maniqueísmos ni dogmatismos. Se atiene a una consigna unificadora: la defensa de los recursos naturales. Le preocupa la Nación. En ese sentido, es un pionero de la aproximación posterior de la izquierda al contenido nacional-popular del nacionalismo revolucionario, es decir, es fundador de la llamada izquierda nacional. “La clave para poner en marcha el desarrollo es la ampliación de la base económica del Estado. No se trata de dejar de lado a la empresa privada, pero paradójicamente en Bolivia para impulsar a la empresa capitalista no se debe proceder con mentalidad liberal y capitalista. En la puesta en marcha de estas transformaciones ningún sector de la población debe quedar excluido. Tal es su ideario político, el que toma forma concreta en un proyecto nacionalista, popular, revolucionario (por lo transformador) y democrático”, de este modo interpreta su pensamiento Vila de Prado.
Una idea cabal de la falta de vocación de Almaraz por la militancia en una organización cerrada es la carta que le envió en mayo de 1946 José Pereyra Claure, donde le advierte que está usando “una falsa política de clase”, falsa “por nuestro señoritismo y negligencia”. Le dice que las quejas de Almaraz sobre el funcionamiento de la célula se parecen “al llanto de un niño a quien le han quitado su chupón y no al marxista consecuente que sabe que el desarrollo es la lucha de contrarios”. Lo llama a convencerse de “tres verdades: primero: admitir la lucha de clases; segundo: que el proletariado es la única clase revolucionaria (El estudiantado como desclasado sólo en casos excepcionales); tercero: Que ella acabará con la lucha de clases”. “Hablas de camarillas. ¿En qué partido no lo hubieron? Ni siquiera en el ruso dejaron de existir, mayormente en nuestro medio en que la política de cotorras propiamente de prostitutas ha de continuar todavía como una carroña mientras existan elementos como tú que se ahogan en un vaso de agua o de un alfiler vuelven una montaña, utilizando tus propias expresiones”. “El marxismo no siempre necesita hombres puros, deja que las ratas se queden royendo tu honra, olvidas acaso que Marx apreciaba como virtud la sencillez, tendiente a la unidad del fin, que su idea de felicidad era la lucha y lo que le causaba mayor repugnancia era el servilismo”. Lo insta a ser como Stalin: “Este oficio (de agitador), en cuyo horizonte se perfilan claramente, cualquiera que sea el camino que se tome, la cárcel, la Siberia y el cadalso no lo sigue todo el que quiera”.
La respuesta de Almaraz trasunta una profunda amistad, pero también fatiga y desaliento por las rencillas internas y, en el fondo, por una forma de lucha menuda para su verdadera vocación. “El saldo arrojado de todas estas actividades ha sido nefasto en la Célula. Aunque los camaradas no han querido manifestármelo, he comprendido que hay en ellos una marcada desmoralización.” Se queja del “tiempo de las cosas menudas” tan alejadas de su recia y sin embargo apacible personalidad: “La situación de la Célula, como a un principio te decía, anda equilibrándose en un cordelito, que el rato menos pensado puede rompérsenos y estrellarnos a la destrucción definitiva. Y la situación se agrava más con la campaña desatada por los cerdos de Taboada. Esta campaña que ha venido repitiéndose con una continuidad sistemática de algún tiempo a esta parte, es un franco ataque de quintacolumnismo dentro del Partido. El objetivo de esta nueva táctica –que esta palabrita la voy odiando cada día más—tiende a la pronta aniquilación de nuestro grupo, y para lograr este apetecido fin no han vacilado en emplear armas como la calumnia. Y esto, es tan cierto que los ‘rumores’ del Partido llegan como un ventarrón hacia nosotros trayendo cosas como éstas: ‘El grupo Lenin es un conjunto de bebedores”, o bien ‘los de la C. Lenin, han vendido su poligrafiadora y se han gastado el dinero’, y cosas más puercas todavía”... Todas estas cosas no merecen otra respuesta que el desprecio, salen de la cloaca de Taboada y se quedarán allí”. Su desaliento existencial llega al extremo de expresar lo siguiente: “No siempre ‘el templado y férreo espíritu del revolucionario’ se mantiene incólume; hay circunstancias en las que uno está próximo a acabar con su paciencia. Y eso me va pasando a mí, y más aún cuando estas porquerías que se van propagando y encuentran clima en los ‘dirigentes’ y aquellas roscas y circulillos que atestan dentro del Partido, uno está próximo a echar por tierra hasta con sus mismas convicciones”. Por supuesto que estas fueron diferencias de extrema juventud, pues tanto Almaraz como Taboada protagonizaron juntos la fundación del Partido Comunista y este último no acabaría de hallar su verdadero perfil sino cuando abandonó la militancia para dedicarse de lleno a la literatura.
Almaraz frecuentaba las reuniones de la segunda generación de “Gesta Bárbara”. “Almaraz compartió aquellas noches tormentosas del ‘Domecq’ y el sabor amargo del ‘Singapur’, con todos los bárbaros que, en su mayoría militaron en el pirismo y luego fueron comunistas”, dice Abecia López. “Estos grupos, clubes y cafés constituyen espacios discursivos, según Habermas, cuya importancia radica en que dan origen a corrientes de opinión que luego emergen en la esfera pública. Recordemos a la “Bohemia Trujillana”, en los orígenes del APRA peruano, con la diferencia de que los miembros de esta última estaban más en contacto con las novedades que se producían en Europa” según Roberto Vila de Prado.
Como se verá, ya en 1946 estaba prefigurada la expulsión de Almaraz por la burocracia del Partido Comunista, fundamentada en un lugar común de la época: la acusación de desviacionismo pequeño burgués. En 1959, Jorge Kolle Cueto llegó a decir: “Finalmente Almaraz, cuya podredumbre ideológica buscó hacer extensiva a las filas partidarias, encubriendo, de modo cobarde, sus pretensiones con el monto de la discrepancia política, táctica o ideológica, de su ‘neohumanismo” en el fondo revisionista”; aunque más tarde, en 1980, otro camarada suyo, Marcos Domic, escribió sobre él un juicio más equilibrado.
Aquellos eran tiempos en los cuales se leían los esquemáticos manuales de la Academia de Ciencias de la URSS, que consideraban “literatura burguesa”, la de Sartre o Camus, proscribían el surrealismo y el cubismo en nombre del “realismo soviético” y defendían la teoría de los reflejos condicionados de Pavlov frente al psicoanálisis de Freud. Almaraz prefería leer a Camus antes que a los teóricos soviéticos como Konstantinov, según René Zavaleta.
PERFIL FINAL DE ALMARAZ
"No importa desde qué ángulo ideológico se pronuncie el escritor. Lo importante es que diga su verdad con lealtad absoluta", escribió Almaraz en “Para abrir el diálogo”. “Un apasionado lector de los existencialistas no podía ignorar que lo absoluto no es de este mundo; y que, por lo tanto, no es bueno que el hombre espere a que existan causas perfectas y medios irreprochables para decidirse a actuar”, dice Vidal de Prado.
La grandeza inaugural de Almaraz, su ecuanimidad temprana frente a la historia queda expresada en este juicio sobre la revolución del 52: "La experiencia boliviana desemboca en el punto más ardiente del debate sobre la revolución en nuestro tiempo. Los bolivianos hicieron la suya y su instrumento fue el MNR. La observación de que habría sido preferible otro tipo de revolución es pueril porque la historia no es un escaparate. La revolución fue ésta y no otra, sin margen de elección". Como pocos bolivianos en su tiempo, y por eso mismo tiene talla de fundador, era enemigo de dogmas, de rigideces académicas y de sistemas: "...No debemos entregarnos al culto perverso de lo abstracto. Uno de los malos signos de nuestro tiempo es la facilidad con que los hombres se apasionan por conceptos absolutos: matan y mueren por ellos. Ni la idea más grande vale más que la vida del más humilde de los hombres [...] Es la ponderación de los conceptos abstractos la que divide, y los escritores y artistas están más propensos a estos peligros que los demás hombres". Su experiencia como militante de izquierda y su acendrado ‘neohumanismo’ inspirado sobre todo por Albert Camus le harían pronunciar un consejo imperecedero: "El talón de Aquiles de todo intelectual en función política es perder el sentido común y caer en el esquema. Muchas revoluciones dejaron de hacerse por ello. Muchos partidos de izquierda vegetan por la misma causa. No hay nada más grande ni más peligroso que un ideólogo de izquierda. Mientras su mente la tenga más fresca, menos influenciada por el planteo teórico, mientras razone con el rigor lógico de un obrero y sea capaz de sistematizar conclusiones con en nivel de una formación cultural superior, entonces y sólo entonces se desempeñará en función dirigente."
"La fidelidad política no le prohibía el tener una comprensión penetrante de la vida de los personajes históricos, incluso cuando eran los enemigos de sus ideas, y cómo disponía Sergio de una admirable captación del matiz vital. Era militante pero su prosa no tenía nada que ver con la propaganda", dice René Zavaleta. “Su compromiso político no le permitió gozar de las condiciones mínimas necesarias para plasmar su potencial como escritor. Prefirió la lucha a la consagración estética”, agrega Zavaleta, aun con su sobrado talento para la prosa austera y precisa al servicio de la claridad de su pensamiento. “La cárcel, el destierro, las huelgas de hambre y la angustia por lo que sucedía en Bolivia minaron su salud de forma irreversible”, dice Vila de Prado. Jamás se refugió en la sinecura oficial ni en la academia para desarrollar su obra. “Hay que resignarse a escribir en un clima febril bajo la sensación de estar constantemente sobrepasados por el tiempo. Los intelectuales que han aceptado el compromiso no tienen mucho tiempo...", escribió en “Para abrir el diálogo”. " Hace cuatro meses que no escribo, me impide hacerlo mi enfermedad y una creciente angustia. A veces odio mi oficio; la máquina de escribir me parece un terrible monstruo", confesó en una entrevista.
“Admiro la fluidez con que escribe (Augusto) Céspedes, René Zavaleta, Quiroga Santa Cruz y Mariano Baptista. Son estupendamente fluidos; me diferencio de estos escritores por su estilo poético y un cierto pathos; mi mentalidad es demasiado racionalista”, recordó Almaraz. Sin embargo cultivó "una prosa tranquilamente bella, como la propia belleza de su espíritu. Cultivaba un estilo serenamente inteligente en el que la lucidez del fondo daba la belleza de la forma, estilo claro y esbelto por las mismas razones por las que es esbelta y clara la pureza, como el agua de una vertiente quechua de los altos cerros del valle donde Almaraz nació”, recordaba Zavaleta.
“Almaraz es un hombre de maneras lentas y voz pausada, que puede sostener una conversación con el más recalcitrante anticomunista en términos tolerantes y de espontánea cordialidad”, opinaba Quiroga Santa Cruz. “La amplitud de espíritu y la madurez de Sergio Almaraz era una lección para quienes lo trataban. Porque dialogaba... y respetaba profundamente a los demás. En medio del dolor físico y de la angustia espiritual, Sergio conservó la sobriedad y la claridad de los objetivos”, dijo Alberto Bailey Gutiérrez a un año de la muerte de Almaraz. “Aunque era un convencido no era un exaltado. Sabía escuchar y se interesaba en lo que su interlocutor le decía en lugar de escucharse a sí mismo como hacen tantos engreídos con talento. Dueño de una inteligencia lúcida y brillante, la puso al servicio del país, como combatiente político y como investigador, descubriendo y denunciando a los nuevos y a los viejos explotadores de la riqueza boliviana...” “No tenía afectación de ninguna clase, no hablaba nunca de lo que había hecho ni de lo que había escrito”, recuerda Baptista Gumucio.
En términos estilísticos es útil estudiar su estrategia ensayística que en realidad es narrativa y cinematográfica. " Nos da una panorámica general del cartel petrolero mundial, formado por las Siete Hermanas [...], luego una toma de conjunto sobre la suerte de los hidrocarburos latinoamericanos que va de la autodefensa nacional en México hasta la apertura a la libre empresa extranjera en Venezuela. Finalmente en el primer plano nos presenta lo que más nos atañe: el drama del petróleo en Bolivia", dice Orlando Capriles. "Detective por encargo de su patria", la suya fue una “lucha agónica hecha de números y de pesquisa de datos sepultados; se entregó a un juego insólito y amenazante", hecho de "diálogos interminables, de comunicados que nadie quería publicar, de discursos que otros leían mal", según Zavaleta. Su investigación semejaba una pesquisa policíaca, de literatura negra, poderosamente eficaz para correr el velo de la explotación de nuestras riquezas.
“En “El poder y la caída” se pueden apreciar los procesos a través de los cuales la fuerza económica se transforma en fuerza política. La clase que convierte a su estructura de poder en núcleo aglutinante y a su propio espacio social en el espacio de casi toda la nación; transformando a elementos de la sociedad civil en parte de su propio proyecto, y a su proyecto en el proyecto de toda la nación”... “La categoría central del libro es la "estructura del poder", y su objetivo es una tentativa de interpretación de la misma.”, sintetiza Vila de Prado, y agrega: “Hay tres ensayos en esta obra en los que Almaraz alcanza su máxima altura como prosista: “El tiempo de las cosas pequeñas”, “Los cementerios mineros” y “El sistema de mayo”. Dice Gerardo Irusta que Almaraz obró en el ánimo del general Alfredo Ovando Candia ya en 1966, para establecer negociaciones secretas con la fundidora alemana Klockner destinadas a instalar el complejo metalúrgico de Vinto”. Su influjo en los gobiernos de Ovando y Torres, aun después de muerto, fue evidente. “Recuerdo todavía la sorpresa, entre indignada y confusa, de la gente cuando en los funerales de Sergio, también definido políticamente, se anotició de la presencia de los generales Ovando y Torres, en calidad de convidados de piedra, en el acompañamiento”, recuerda Zavaleta.
Era un personaje polémico. Veamos un testimonio de Eduardo Galeano, referido a un seminario sobre Almaraz, Quiroga y Zavaleta. “Al exponer el pensamiento de Sergio Almaraz destaqué el inmenso aporte de su pensamiento a la lucha liberadora. Para sorpresa mía, allí apareció un sociólogo pirista para quien el autor de ‘El Poder y la Caída’ era algo así como un reaccionario, un derechista porque no era obrerista, porque no se definía con ‘claridad’ como marxista, porque utilizaba conceptos ‘subjetivos’ como el de ‘ser nacional’, heredados de otros ‘subjetivistas’”.
En la edición de “Última Hora” conmemorativa del Sesquicentenario de la Fundación de la República me tocó hacer una reseña sobre el ensayo en Bolivia, en la cual destaqué a Montenegro y Almaraz: “Ya el primer ensayo de Sergio Almaraz, ‘Petróleo en Bolivia’ (1957) plantea la línea ideológica de investigación inaugurada por Montenegro, constante de tres elementos: la defensa de nuestros recursos naturales, el despertar de la conciencia nacional y el papel protagónico de nuestra historia en manos del pueblo”. “Sergio Almaraz (1928-1968) repite el luctuoso destino de Montenegro: muere en la cima de su madurez intelectual dejando tras de sí no sólo una obra fundamental sino la congoja de conjeturar cuánto más hubiera podido aportar a Bolivia de haber seguido viviendo”. “No es aventurado, entonces, entroncar el pensamiento de Almaraz con la obra de Montenegro. Almaraz es la profundización de la perspectiva revolucionaria nacional inaugurada por Montenegro”.
"Hay una correlación directa entre el hombre que ya se sentía morir y el mensaje alucinante y feroz del ‘Requiem’", dice Zavaleta. Se refería proablemente a esa invocación de un patetismo siempre actual que nos permite medir la hondura de su angustia postrera: “Qué nos ha pasado. Por qué somos una nación vencida? Por qué hemos fracasado siempre? ¿Qué nos ha pasado? Somos una raza perdida de Dios”.

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