jueves, 23 de septiembre de 2010

CAPRILES LÓPEZ, Cesáreo

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CAPRILES LÓPEZ, Cesáreo
1880-?
Personaje de leyenda, irreverente y anticlerical, librepensador y anarquista a su modo, fue mentor de jóvenes intelectuales cochabambinos, que luego cobrarían significación, como Adela Zamudio, José Aguirre Gainsborg, Roberto Hinojosa, José Antonio Arze, Ricardo Anaya, Carlos Montenegro, Augusto Guzmán, Jesús Lara, y tantos otros colaboradores de la revista “Arte y Trabajo”, que dirigía Capriles. Era hijo de Cesáreo Capriles Allende y de Benita López; sus mayores habrían sido herederos de la Casona de Mayorazgo. Son célebres las abominaciones de Capriles contra el alcoholismo, el atraso y el apoyo a los emprendimientos empresariales privados y al libre mercado como remedio contra la crisis. “Capriles no bebía, desconfiaba de los políticos, era exageradamente pulcro y manifestaba con entusiasmo su fe en el progreso económico de la ciudad a través de la acción de industriales privados y comerciantes”, dice el sociólogo Huáscar Rodríguez, cuyo estudio fundamenta esta crónica. El Partido Liberal había iniciado la práctica de la cooptación electoral mediante dinero, comida y alcohol que se distribuía profusamente entre los artesanos votantes; por eso Capriles definía al artesano cochabambino como “un animal anfibio que vive entre la chicha y la política”. “Todo indica que Cesáreo no entendía a los indios ni a los cholos y jamás comprendió que lo popular en Cochabamba pasaba por la cotidianidad de la chichería”, concluye Rodríguez.
Sus autores preferidos habrían sido La Boétie, y más tarde Bakunin, Faure, Tolstoi, Proudhon y Kropotkine, a quienes accedió gracias al fotógrafo Modotti, que tenía estudio en la Plaza 14 de septiembre. Teodomiro Estrada lo inició en la astronomía. Rodríguez lo describe alto, delgado y de ojos claros. Vínculo amoroso con Julia Gutiérrez de la Reza, con quien se casó y tuvo tres hijos: Julia, Roberto y Dolly. Su padre le dio dinero para costear sus emprendimientos y así procuró llevar el teléfono a Uncía, que se puso en marcha en 1906 con un rotundo fracaso. Trabajó como dependiente de un bar y allí escribió a su amigo Estrada cartas reveladoras: “El mundo no sólo no me gusta, me repugna, quisiera el mundo ideal del anarquista!”. En 1907 emigró a Oruro; poco después al Beni, donde pudo ganar lo suficiente como para pagar sus deudas. La muerte de su madre lo afectó de tal manera que vistió luto hasta el fin de sus días, se alejó de sus convicciones católicas y abrazó el ateísmo y las lecturas ácratas. Le molestaba en particular la liturgia y entonces acentuó su anticlericalismo. Divulgó las ideas anarquistas a los artesanos, funda el periódico Claridad y finalmente la revista Arte y Trabajo, cuyo primer número data del 27 de febrero de 1921. Rodríguez critica sus contenidos erráticos y heterodoxos pero conviene en que se trataba de una revista progresista orientada hacia la izquierda, que combatió al régimen de Bautista Saavedra y apoyó la organización de los obreros en Cochabamba en 1922, llamada Federación Obrera Departamental o Federación Obrera de Cochabamba.
Luego de una estadía en La Paz marchó a los Estados Unidos, donde trabajó como capataz en una mina de carbón, una vez más para pagar sus deudas. En la Biblioteca Pública de Nueva York encontró una colección completa de Arte y Trabajo y, al comprobar la adhesión manifestada en los últimos números al régimen de Hernando Siles, echó el ejemplar empastado al río. A su retorno, vivió el derrocamiento de Siles y luego los aprestos bélicos de 1932 a los cuales se opuso en mitines y redacción de volantes que le valieron encarcelamientos. En 1936 participó en la fundación de la Confederación Sindical de Trabajadores de Bolivia (CSTB) y pudo haber sido ministro del Trabajo en lugar del orureño Gabriel Moisés. Nivardo Paz contaba que creó talleres artesanales autogestionarios de efímera duración.
En 1939, a sus 59 años, lucía de luto, con sombrero de copa, no le gustaba dar la mano, tenía fobia a la fotografía y había radicalizado su anticlericalismo. Nivardo contaba que enfrentó a unas beatas que le ponían cruces y les gritó “¡Viva el demonio!”. Otra de sus exclamaciones era: “¡Abajo Dios y su concubina, la patria!”. Celebraba las rebeliones indígenas pero consideraba la transformación social como obra de intelectuales y de obreros cultos.
En sus últimos días en Cochabamba abrió la Farmacia Cosmos junto a su socio Alfredo Galindo, que todavía funciona en la Plaza 14 de septiembre. En ella se caracterizó por ser una persona desprendida, amable y solidaria. Viajó a Buenos Aires a operarse de cataratas; se le agravó la miopía y leía con una lupa gigante. “ ¡Mierda! Al cabo de tantos años de vivir siento que no he vivido nunca y que en realidad he sido vivido por el tiempo…!”, una frase suya que anticipaba su última decisión. Así le dijo a Efraín Vega que se internaría a Tablas Monte para “abonar sus tierras”. Su viaje postrero se produjo el 4 de julio de 1950 y se perdió en Tablas Monte. Es fama que nunca encontraron sus restos ni dejó fotografía alguna, excepto una que se habría tomado con Demetrio Canelas.

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