martes, 21 de septiembre de 2010

SUCRE RODO, Atilio

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SUCRE RODO, Atilio
¿-2009
Sentí honda consternación por la muerte de Atilio de Sucre Rodo, tataranieto de Antonio José, que se veló y enterró en Punata, donde vivió 53 años. Conocí a su hija, Teresita, el mismo nombre de la hija que tuvo Antonio José en Quito con Mariana Carcelén. Atilio había nacido en San Lorenzo, Tarija, pero es patrimonio histórico de Punata.
Ocho años antes me enteré de la existencia de don Atilio por un estudio genealógico que me obsequió Elvira Zilveti de Peñaranda, cuando fui a Sucre, un tres de febrero, cumpleaños de Antonio José, a dar dizqué una conferencia sobre tan augusto personaje.
Mis amigos chuquisaqueños, que son de fiar, llenaron el auditorio de la Prefectura. Al fondo de la sala repleta veía a muchos investigadores gringos que me intimidaron. Entonces resolví prevenirles que yo no era historiador, ni investigador, ni siquiera una persona seria. Les dije que únicamente trataba de escribir una novela sobre la vida (y la muerte) de Antonio José. Para mi alivio, los investigadores gringos desalojaron la sala y quedamos en familia. Entonces me atreví a leer un par de capítulos que eran lo único que había avanzado en el plan de la novela.
Al término, el Doctor Samos y un caballero, ejecutivo de la Fundación La Plata, a quien le decimos Chulupía y ostenta el ilustre apellido Urriolagoitia, me llevaron a una whiskería amable en la cual desagitamos (como decía Alfredo Medrano) botellas del sustancioso elíxir escocés.
Allí me llegó el estudio genealógico de doña Elvira, a quien nunca acabaré de agradecer, y la calidez de mis amigos chuquisaqueños me animó a proseguir en mi intento de novela.
El Dr. Samos es un personaje. Cada vez que mencionaba el nombre del Mariscal (que mencioné muchas veces), el Dr. Samos se ponía de pie y al final resumió: "Hace 40 años que honro la memoria del Mariscal poniéndome de pie cada vez que escucho su nombre". Me acusó de olañetista y le expliqué la prudencia con que abordé al personaje porque era chuquisaqueño. Entonces me dijo: "Ha de saber que los chuquisaqueños nos dividimos en dos grupos, sucristas y olañetistas. Y no nos dirigimos ni el saludo."
Maravillosa forma de la lealtad y el espíritu de partido que yo no compartía porque para escribir una novela hay que prestar voz a todos los personajes y no parcializarse con ninguno. Regla de oro.
Por el estudio de Elvira Zilveti conocí una personaja de nombre Manuela Rojas, que se merece una larga investigación y una novela bien escrita sobre su vida. Era mujer brava, a quien ningún hombre alcanzó a desbravar. Tuvo nueve hijos de nueve padres distintos. ¡Pero qué padres! El primero fue Antonio José de Sucre, con quien procreó a Pedro César, de quien desciende don Atilio; el segundo apellidaba Olañeta, porque la niña volvió a los brazos del ilustre fundador de la República; luego hay Aparicios, Berdecios… hasta que Manuela se casó, in articulo mortis, con un magistrado de la Corte Suprema de apellido Cabero. Él le legó propiedades y alguna fortuna. Entonces Manuela dictó su testamento, manifestando los nombres de sus nueve hijos y los apellidos de sus nueve padres. Maravillosa mujer independiente, en una República que proclamaba su independencia. Sobre eso voy a seguir mañana.
Vaya uno a saber por qué dos hijas solteras se avecindaron en Chuquisaca, la primera, María Agustina Salomé, y la segunda, Manuela de la Concepción, nacida en 1809. Ambas llegaron a la ilustre ciudad en 1818; eran hijas de José Rafael Rojas y de Dolores Bazquez, (sic). Manuela tenía por entonces sólo nueve años. Dura debió ser la vida de ambas, porque Rafael Rojas era hermano, o primo, de Manuel y Ramón Rojas, guerrilleros de la independencia que combatieron junto a Eustaquio Méndez, El Moto, y a Güemes. No era algo raro, seguramente eran criollos, de sangre española, pero sin patrimonio. Las hijas nada menos que de Ñuflo de Chávez, fundador de Santa Cruz, purgaron en el convento de las Carmelitas, de Chuquisaca, la tristeza de no tener dote; se hundieron en el claustro porque su padre no había hecho fortuna.
Cuando llegó Sucre a Chuquisaca, se le acercó Casimiro Olañeta y le presentó a Manuelita, que tenía 16 años. Le dijo que era su novia, aunque ya se había casado con su prima, que era doña María Santiesteban. El amor cayó como un rayo y Sucre, joven oficial, se enamoró de Manuela Rojas, para consternación de Casimiro Olañeta que sufría cómo se la volaban. Hay historiadores serios, entre ellos, Joaquín Gantier, que explican la inquina de Olañeta con este episodio. Quizá las cosas fueron más complejas, pero algo debió trabajar en el ánimo de Olañeta para odiar a Sucre y comandar el motín del 18 de abril de 1928 en el cual hirieron al Mariscal en el brazo. Debió ser un episodio muy doloroso porque le extirparon 14 esquirlas de hueso, en una época en la que no había anestesia, y cuando Gamarra invadió el país desde el Perú, se lo llevaron en rehenes y cabalgando pese al dolor del brazo. Pasó el incidente y Sucre se reponía en Ñujchu, en junio, cuando lo visitó Manuela Rojas para mostrarle al fruto de su amor. El Mariscal no dudó en llevarlo al bautismo y le puso el nombre de Pedro César Sucre, de quien descendía directamente mi amigo Atilio.
Cuando Sucre se fue del país, Manuela volvió al cobijo de Olañeta y tuvo un hijo con él. Olañeta era tan tortuoso que le puso a la criatura el nombre de Jano Tañelao. Pero Manuela lo llamó Casimiro. Casimiro y Pedro César crecieron, y pronto llegaron a nueve hermanos, todos de apellido distinto. Hay que ponerse en el lugar de Manuela Rojas, que vivió en una época difícil, sobre todo para una joven soltera, y sin embargo supo sobreponerse. La última pareja que tuvo fue el Doctor Cabero, ministro de la Suprema, con quien se casó in articulo mortis, y heredó de él algunas posesiones. Entonces hizo un testamento en el cual revela cuántos hijos tuvo, nueve, y quiénes fueron sus padres. Por entonces tenía sólo cuarenta años. Así era la vida en esos tiempos.
Se me agolparon esos recuerdos contemplando el rostro en paz, la serenidad del rostro de Atilio de Sucre en su ataúd. Cuando escribía una novela sobre la vida de su ilustre tatarabuelo, me inquietaba la posibilidad de no publicarla en vida de Atilio, pero Dios me dio el privilegio de llevarle el primer ejemplar y de rociarlo con la mejor chicha punateña. Hoy murió, cosa que nos va a pasar a todos, pero tengo la esperanza de que estemos en paz.

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