lunes, 14 de mayo de 2012

CARMEN ROSA ANTEZANA

En vida de Gíldaro Antezana había un añoso eucalipto al centro de la avenida Juan de la Rosa y el artista había construido en esas alturas un nacimiento que parecía dibujado en el aire. La avenida era casi un camino rural y allí el artista tenía su casita, que compartía con su esposa, doña Carmen Rosa Antezana, y con sus hijos e hijas. Cierta vez los visité y pude conocerla, pero la vez más próxima fue en Totora, donde se dieron cita como 40 pintores del país para rendir homenaje a Gíldaro en la Casa de la Cultura de esa bella ciudad republicana (que no colonial, como se suele decir).
Esta noble señora acompañó al artista con especial abnegación; siguió su carrera ascendente y contribuyó a la formación de sus hijos, también artistas, entre ellos nuestro buen amigo David Darío Antezana.
Juntos viajamos a Totora y allí hubo un coloquio inolvidable sobre el autor de los Caitanos, además de una retrospectiva importante. Un amigo entrañable de la pareja, Ricardo Pérez Alcalá, contó pasajes de la vida de Gíldaro, en presencia de doña Rosa, de David Darío y de las hijas de la pareja.
El periodista Wilson García Mérida registró testimonios sobre la pareja. “Rosa, Rosa, despierta, acabo de soñar un hermoso cuadro” irrumpía la voz del artista a las tres de la madrugada, y en aquel sobresalto de genialidad su mujer despertaba con él para ayudar en el menester de atrapar la imagen onírica en el lienzo. Así solía crear Gíldaro Antezana, presa de una compulsión casi fisiológica que produjo una obra tan vasta, orgánica y vital hasta hoy insuperable.
Carmen Rosa, la esposa de Gíldaro, nos abrió las puertas de su hogar junto a sus hijos Lilia y David Darío. Evocamos en el seno familiar la memoria del artista plástico descubriendo un mundo de ternura insospechada; y lo descubrimos a él mismo en una dimensión auténtica, la de aquel niño nacido en el cantoncito ayopayeño de Chinchiri  en el invierno de 1938.
“Conocí a mi esposo cuando él tenía once años y yo nueve” —recuerda Carmen Rosa Antezana—. “Él había llegado a la ciudad cuando terminó la escuela rural, cumpliendo ocho años de edad, una vez que aprendió a leer y escribir. Como en Chinchiri no había colegio secundario, decidió venirse a la ciudad para seguir estudiando; sus padres no lo permitían porque era muy pequeño y entonces optó por escaparse acompañando a unos arrieros, se vino caminando 90 kilómetros y llegó a vivir con su hermano mayor en la misma casa alquilada donde yo moraba con una tía, en un barrio por la avenida Siles”.
¿Y dónde estaba el Gíldaro Pintor?, preguntamos a doña Carmen Rosa…
“Ese Gíldaro no existía sino sólo cuando mi esposo, que rebosaba de una hiperactiva creatividad en todo su ser, sintió la necesidad de canalizar esa energía a través del arte plástico y el camino directo resultó ser la pintura. Como todo lo que salía de sus manos fascinaba a la gente, se le ocurrió elaborar tarjetas de navidad hechas a mano que también tuvieron un inesperado éxito de ventas. Al ver que le iba bien en esa nueva actividad, me dijo: ‘Rosa, quiero estudiar, me hace falta dominar las técnicas para desarrollar mi arte’; y entonces se inscribió en la Escuela de Bellas Artes a comienzos de los 60 y estudió cinco intensos años. Apenas dominó las técnicas pictóricas, comenzó a ganar premios y a descollar en el ambiente artístico en muy breve tiempo. Recuerdo entre sus primeros coleccionistas a don César Moscoso y al embajador Enrique Sánchez de Lozada, entre muchos otros. Entonces cerramos la talabartería”.

ELENA ARZE DE ARZE
A Elena Arze de Arze la conocemos por la existencia del Liceo de Señoritas que lleva su nombre, porque era madre de José Roberto Arze, académico de la Lengua y de Historia y porque era hermana de José Antonio Arze, introductor del marxismo y fundador de la Sociología en Bolivia.
Precisamente nuestro buen amigo José Roberto publicó un folleto en el 60º aniversario de la fundación del Liceo, con apuntes evocativos sobre doña Elena. Augusto Guzmán detacó su labor de educadora en su Monografía de Cochabamba. Por ellos sabemos que nació en esta ciudad el 2 de febrero de 1908 como la segunda de seis hermanos: José Antonio, Elena, María Antonieta, Hortensia, José Alberto y Jorge Alfredo Arze Arze, hijos de José Tristán Arze y de Arminda Arze Virreira, del frondoso clan Arze, que se estableció en Tarata y fundó un apellido ilustre en Bolivia, que tuvo como tronco a Esteban Arze y a dos hijos: Fernando y Esteban Arze, el héroe de la Independencia. Doña Elena descendía de Fernando.
La vocación por el Magisterio se remonta a la infancia de doña Elena, pues su padre era administrador de una hacienda y subprefecto de Ayopaya, donde fundó una escuela de primeras letras. No fue casual que José Antonio se convirtiera en ideólogo marxista y fundador de un partido político importante, pues la familia cultivaba un grado elevado de integridad intelectual y moral y de conciencia social, que obraría en el ánimo de doña Elena cuando salió bachiller del Liceo dirigido por Adela Zamudio y se inclinó por el Magisterio.
En 1932, como flamante profesora de Literatura, se estrenó en el Liceo Pantaleón Dalence, de Oruro; luego en el Liceo Venezuela, de La Paz, donde permaneció hasta 1946. Para entonces, tal como los hermanos Arze y Anaya, doña Elena había adoptado las ideas marxistas de su hermano José Antonio y asumido las tribulaciones de la familia cuando lo hirieron a bala en julio de 1944 y, dato histórico, le fue administrada la primera ampolla de penicilina que llegó a Bolivia.
Sobre sus méritos pedagógicos, José Roberto Arze destaca los métodos activistas que usó para estimular la lectura directa de obras clásicas y modernas. En 1947 fundó el Liceo Cochabamba, que hoy lleva su nombre como justo reconocimiento a la devoción que tuvo por la obra de su creación y que la llevó a la tumba cuando alumnos y profesores luchaban por obtener un inmueble propio. Doña Elena murió el 15 de junio de 1958. Dejó editado un libro: “Bases para una metodología activista de la enseñanza de las lenguas y, en especial, del castellano” (UMSS, 1957). Se casó con Ulises Arze y tuvo tres hijos: Hugo, Arturo y José Roberto.

MARIE FRANCE TRIGO
Es la única mujer boliviana que fue condecorada con la Legión de Honor, de Francia, por su labor pedagógica y de difusión de la cultura de ese país a través de la Alianza Francesa. Se casó con el Ing. Fernando Arteaga y hoy goza de la estima y el cariño de Cochabamba, ciudad donde permaneció toda su vida, siempre al servicio de la educación y la cultura.

GABY VALLEJO
Es una escritora consagrada en el país y en el exterior, donde también se valora su labor docente como Directora de la Biblioteca Thuruchapitas y como cultora y promotora de la literatura para niños. Ha publicado 37 libros en narrativa y teatro, de los cuales su novela Hijo de Opa fue la base del guión de la película Los Hermanos Cartagena, de Paolo Agazzi. Es una de las escritoras más conspicuas de la llamada Galaxia Guttentag.
Le envié un cuestionario y me contestó con un texto que me tienta reproducir tal cual: “Las respuestas. Otras ni la he tocado por irrelevantes para mi vida. El mayor desafío: ser una madre huérfana, vivir sin mi hijo. Américo murió a los 21 años, era músico. No obstante los años, no cierra la herida. Luego, el desafío permanente, ubicarme con fuerza en el sitio que he elegido: ser escritora en una sociedad machista. La sociedad boliviana es en general machista, disfrazada de moderna que equilibra los derechos de hombres y mujeres. En la realidad, cotidianamente, se percibe que no se ha superado el machismo. Por eso, digo, “ubicarme con fuerza en el sitio que he elegido”. Es una batalla invisible , pero la voy sosteniendo constantemente con mis artículos de prensa, los personajes de  mis novelas, mis cuentos, mis intervenciones públicas. Tengo un libro titulado ”De toros y rosas!”, una sutil manera de penetrar en el manejo de  lo masculino y lo femenino en los  personajes de los cuentos y en el pensamiento occidental, por tanto boliviano. Un libro que debían haber leído y discutido  los alumnos y padres del Colegio “Bolívar”.
Se llama Mercedes Gaby Vallejo Canedo; nació en Cochabamba el 24 de septiembre de 1941, hija de Óscar Vallejo Guevara y de Carmela  Canedo  Arze, ambos tarateños, que tuvieron cinco hijos: Gaby, Bethy, Martha, Óscar y Ramiro. Sus hijos son: Huáscar  Bolívar Vallejo (42, arquitecto y músico, Doctor en Urbanismo por la Universidad Federal de Río de Janeiro) y Grissel Bolívar Vallejo (41, comunicadora social con varias maestrías en Europa).

Es docente de lenguaje y Literatura graduada en la Normal Católica; es Licenciada en Pedagogía por la UMSS; Fundadora del Comité de Mujeres Escritoras del PEN - .Bolivia,   de la Biblioteca Thuruchapitas, del Taller de Experiencias Pedagógicas, del IBBY –Bolivia y de la Asociación Boliviana de Lectura. Ha sido Presidenta de la Fundación Cultural “Nuevos Horizontes”  y varias de sus obras narrativas han sido adaptadas al teatro. Dos escritores han influido en su vida: la escritora cubana-francesa Anais Nin  y el escritor boliviano Jesús Lara, a quien conoció personalmente.


MAGALY ARANDIA RICO
Es maestra de Literatura y autora de Tras las huellas del Texto y de Esa palabra que habita en nosotros, dos libros valiosos sobre la enseñanza del tema. Su vida pudo ser apacible si no se enfrentaba a la agitada vida política del último medio siglo XX, una época llena de dificultades para la familia de su esposo, Augusto Jordán Quiroga, que ella encaró con tenacidad y decisión.
Se llama Magaly  Arandia Rico de Jordán (65), nació en Cochabamba un 14 de abril, es la tercera de siete hijos de José E. Arandia y Rosa Rico. Se casó en 1970 y pronto construyeron un hogar propicio a la docencia y la lectura, ella como profesora graduada en la Escuela Normal de La Paz en la especialidad de Literatura y Lenguaje y él como abogado y docente de Derecho en la Universidad de San Simón y la Universidad Católica. En ese clima crecieron sus hijos: Xavier, comunicador social, escritor y docente, y Óscar, filósofo y poeta. Un ambiente propicio a la investigación y a la escritura.
“Recuerdo el 4 de mayo del año 72 (dictadura de Banzer), Xavier de seis meses sentado sobre las rodillas de su padre, que estudiaba para defender su tesis de grado ese día. Alguien con toques extraños en la puerta me anunció que se tenía previsto detenerlo esa noche. Pánico y sólo el silencio nos persiguieron esos años hasta la época de García Meza; escenas como las del 4 de mayo se repitieron innumerables veces: la muerte de amigos entrañables y la cárcel y los enfrentamientos que sellaron por siempre los seres que ahora somos”, resume Magaly. “Viví medio siglo XX y recorrí las grandes transformaciones históricas, sociales, políticas  y económicas del país. Presencié: inundaciones, sequías, el  verdor de la tierra, el olor a pan recién horneado,  revoluciones, dictaduras, democracias, pero nada me marcó tanto como el miedo y el olvido de las épocas dictatoriales. Estas vivencias, fundamentalmente, consolidan mi visión del mundo y mi vocación al servicio de la niñez y la juventud estudiosa”, agrega.
Trabajó como maestra en Ucureña y Sacaba, en el Colegio René Barrientos y en el Liceo Elena Arze de Arze; en la UMSS y la U Católica; y desde hace seis años es Coordinadora pedagógica del Centro Simón I. Patiño.
“Son 44 años que de forma incansable me dedico a la mayor fascinación que tengo en mi vida: enseñar, investigar sobre la lengua y su funcionamiento,  sobre los procesos de la lectura y escritura, sobre las falencias de la enseñanza en esta área”, dice Magaly.
Junto a otras pedagogas escribió Metodología de lectura de textos, Tras las huellas del Texto y Esa palabra que habita en nosotros (2007) sobre estrategias de comprensión, análisis e interpretación de textos, que difundió desde 2006 el Centro Simón I. Patiño a más de un millar de profesores capacitados en la construcción de un pensamiento, reflexivo, analítico, crítico y creativo. “Este es mi orgullo y desafío profesional”, sostiene Magaly.
Describe a su hijo Xavier como docente exitoso universitario y escritor. “Su pluma es acida, fuerte y profunda en el tratamiento de temas de la realidad social y política del país”; y a Óscar Eduardo: “Tiene una página web donde publica sus poemarios. Trabaja en el matutino Los Tiempos”. Tiene cuatro nietos: Santiago, Camilo, Sebastián y Mateo.
“Esa soy yo, una simple mortal con sus grandes debilidades y algunos aciertos  que recorro más de medio siglo de vida con mis temores y mis fantasmas de ayer y de hoy, que miro con mis ojos incrédulos y solitarios esta llanura llena de árboles y de hojas, esta ciudad escondida en la inmensidad de Dios donde hube de nacer”, concluye.

MARTHA CHAVARRÍA
Más del 60 por ciento de nuestra población son inmigrantes bolivianos. Es el caso de Martha Chavarría Sanabria (34), integrante de la Asociación Ulala, que nació en el cantón Tacobamba, provincia Cornelio Saavedra del Departamento de Potosí y estudió hasta 4º básico. Tenía 16 años cuando inició su peregrinación por Sucre, Santa Cruz y el Trópico de Cochabamba, repartiendo su tiempo entre el trabajo precario y la capacitación en ramas técnicas para trabajar con negocio propio. En 2003 formó su hogar en Cochabamba, comenzó a trabajar en la guardería del  Centro de Capacitación Técnica Laboral y Microempresarial Sebastián Pagador dependiente de IFFI (CECAMISPA), recibió capacitación y es educadora. Estudió asimismo repostería, confección industrial y tejidos, hasta encontrar su verdadero oficio en el rubro textil. El esfuerzo fue largo y agotador, pues debía complementarlo con la atención del hogar y y el cuidado de sus dos hij@s.
Hoy es Vicepresidenta de la Asociación de Mujeres Productoras ULALA, que exporta prendas tejidas a Estados Unidos, y ha sido representante en ferias locales, nacionales, internacionales y mundiales, como la Feria Mundial de la Artesanía (Brasilia-2008). Los fines de semana apoya a su esposo, que es constructor, en instalaciones eléctricas. En febrero de 2012 ha sido elegida representante de la Red Nacional de Mujeres Emprendedoras – Regional Cochabamba, en mérito a su integridad, honestidad y transparencia. Es elocuente la opinión enviada por el IFFI para este contacto valioso: “Con su trabajo productivo aporta a su hogar, a Ulala, al país. Con su trabajo reproductivo aporta a la estabilidad de su hogar, la educación de sus hij@s y a la sociedad. Siente que avanzado pero que queda mucho camino por recorrer, mucho que aprender y hacer”. Junto a RICOMIDA, la Asociación Ulala es parte de la Red Nacional de Mujeres Emprendedoras.
OLGA GANDARILLAS
Gracias a Patricia Rico tenemos la siguiente entrevista a doña Olga Gandarillas Velarde. “Nunca milité en ningún partido, pero soy una activista terrible. No tengo miedo a nadie, nunca he tenido miedo, más bien a mí me han tenido miedo los Alcaldes y Prefectos, porque así chiquita como me ven soy capaz de todo. Cuando algo están haciendo mal y yo si me comprometo con algo nada ni nadie me detiene. Lucho contra todo tipo de injusticias y sobre todo con la madre tierra; tengo mi huerta y ahí cuido mis arboles todos los días. Por eso mi familia desde chiquita siempre me ha dicho, ”Esta es tataranieta calcada de la Manuelita Gandarillas, la que peleó en la Coronilla”. Era mi familia!, de ahí vengo yo”, sostiene doña Olga.
Se llama Olga Gandarillas Velarde; nació en Tapacari – Lomaipata el 18 de agosto de 1924; sus hermanos son: Emilio, Guido, Ángel, Eduardo y Amanda. Desde chica crió a sus hermanos menores por la muerte de los padres. Se graduó en un Instituto como maestra de Labores y ejerció por más de 30 años.
“Tengo muchos premios, diplomas de honor y distinciones, por varios aportes a mi comunidad. Algunos son, la defensa del Bosquecillo de Tiquipaya, porque soy ecologista renegada,  tuve que echarme en el suelo delante de la topadora y decir que me maten antes que arrancar los árboles, ahí me quedé  echada varias horas, solo me levante cuando se anuló la orden  de cortar los árboles. Ahí puedo mirar las Canchas del rio Kora, que he defendido. He trabajado para construir el Hospital de Tiquipaya, hacíamos  pan chamillo para vender y comprar cemento y ladrillos. Hicimos construir la Casa del Adulto Mayor y así otras obras más chicas para nuestro pueblo”, sostiene doña Olguita. “Recuerdo la Guerra Civil, los soldados pasaban por mi casa. Mirábamos de la puerta  y les dábamos tostado de maíz chuspillo. Recuerdo el tranvía, con un pesito una paseaba desde Cochabamba a Quillacollo, tomando helados de canela. Recuerdo que después de la Reforma Agraria, mi padre entrego sus tierras a los colonos y los tituló a todos; de ahí, sembraban juntos a riesgo compartido. Paz Estensoro me hizo llamar al Palacio de Gobierno después de la revolución del 52, en la que lamentablemente no pude estar porque estuve trabajando en Brasil, y cuando llegue había una inmensa multitud. Como soy chiquita entré gateando entre las Barzolas, mujeres temidas y luchadoras de esas épocas”, recuerda doña Olguita.
    
ANA GAMBOA

Anita Gamboa, hasta hace pocos meses aún dirigía a esa prole de “canillitas”, enseñándoles el trabajo, el emprendimiento y el buen ejemplo, según la nota que me envió Carlitos Heredia. No sabía leer y escribir pero ya repartía El País y El Imparcial, en los años 40 del siglo pasado. En la sesión de honor del Bicentenario del 14 de septiembre ha sido declarada Ciudadana Meritoria por el Concejo Municipal. Es proverbial su memoria para recordar a directores, distribuidores, nombres de los medios y tirajes de cada edición. A sus 8 años acompañaba a su padrastro no vidente en la venta de diarios.  Luego viajó en tranvía a Quillacollo y al Valle Alto y durante años ayudó a compaginar y doblar los periódicos cuando se imprimía en prensa plana.
Cuenta que vivió con sus padres en la casa de los Vargas (25 de mayo y Ecuador). Allí su abuelita era criada y su mamá hacía chocolates en una labor sacrificada de sus padres que se amanecían moliendo chocolate. Viendo esto, Germán Vargas, gerente de El País, la inició en el oficio de “canillita”, primero como lazarilla de su padrastro, y luego ya sola. “Me gustaba cuando llovía andar bajo la lluvia, mis periódicos los envolvía en cartón y chacoteaba con el agua por las aceras. Otros juegos de niña no he tenido, simplemente porque no había tiempo para los juegos”, le cuenta a Heredia. El tiempo que la familia vivió en Quillacollo, Anita venía a Cochabamba a las 3 de la mañana para recibir Los Tiempos junto a los trabajadores de la Warrant, hoy YPFB. “Una vez hice perder la plata de la venta de toda una semana. Cuando me tocaba el turno de vender en el Valle Alto, toda mi venta de martes a martes, porque me pagaban semanalmente, lo puse en el bolsillo de mi mandil, me quedé dormida en el colectivo, y me han robado. Ese día ha sido el más desgraciado, no había con qué pagar al día siguiente los periódicos. Le he rogado al distribuidor para pagarle poco a poco, y con la orden de Don Carlitos Canelas he pagado poco a poco”, recuerda.
El País tenía sus oficinas y talleres en la Ecuador entre Baptista y Ayacucho, bajo la dirección de Porfirio Díaz Machicao y la gerencia de Germán Vargas. Editaba 700 ejemplares en prensa plana. “Eran tiempos duros”, recuerda doña Anita. El Diario de La Paz llegaba en tren a las 7 de la noche y el distribuidor era Don Julio Lara en la 25 de Mayo entre Sucre y Jordán. La mayor venta se realizaba a la salida del cine: 500 ejemplares para 25 “canillitas”. Anita ayudaba a sus papás, que trabajaban en la fábrica de chocolates, y juntos vendían periódicos, y por las tardes estudiaba en la Escuela Sara Ugarte de Salamanca. “En ese tiempo decían que las mujercitas sólo tenían que saber leer y escribir y no necesitaban más, fue por eso que solo asistí hasta el quinto curso de primaria, después era a vender periódicos”, cuenta Doña Anita. Tenía 16 años cuando se fundó el Sindicato de Canillitas de Cochabamba en la actual Plazuela Busch y a sus 22 años fue Secretaria de Actas del Directorio. El de “canillita” era un oficio hereditario, como los puestos de venta, que eran negocios familiares. Sobre el Hogar de la Avenida Heroínas, dice que allí era la Escuela Facundo Quiroga. “Al ver que la mayoría de los que vendían periódicos en esa época eran no videntes, y como no tenían casa cerca dónde vivir, cuando finalizaron las clases en noviembre, Carlos Bustos, el Secretario General del Sindicato inició los trámites de expropiación. Era una casa grande, al fondo, una especie de caballerizas, hasta un patio les hemos dado prestadito al Colegio Brasil. Me recuerdo que como era escuela, Caritas repartía leche, nuestras mamás por turno hacían hervir, nosotros veníamos a recoger en jarritas”, recuerda doña Anita. Hoy viven en el Hogar unas 20 familias porque FONVIS construyó viviendas en Coña Coña, donde emigraron muchos antiguos moradores. Sobre el régimen interno, recuerda que siempre hubo armonía, que el Sindicato ponía normas y turnos, y que las fiestas eran colectivas, como la del 6 de agosto, la de la Virgen de Copacabana, patrona del Sindicato, cuya imagen fue obsequiada por un “canillita” que vino de La Paz.
Doña Anita vendió El País y El Imparcial, El Mundo, Extra, Informática, El Sol y otros diarios locales, y de La Paz, el más antiguo El Diario. Como herencia de sus padres, instaló su puesto en la General Achá, bajo los aleros del cine Rex, donde también vendía revistas hasta que un incendio lo destruyó. Luego se trasladó a la esquina del Correo, en la General Achá y Junín; luego a la Plaza Pirncipal, y hoy atiende en el portal del Hogar de los Canillitas. Recuerda como clientes a ex Presidentes, Prefectos y Alcaldes y otros caseritos que llevan el periódico al fiado. Todavía hoy madruga a las 5 de la mañana para hacer cola y pagar de la venta del día anterior.
Tiene 6 hijos, 13 nietos y 7 bisnietos. Recuerda a la juguetona Victoria Jaimes y a la renegona Micaela Velásquez, la cueca que bailó con el entonces coronel Banzer y al Prefecto Milivoy Eterovic. “Nos llaman canillitas porque nosotros voceamos los periódicos. Voceador es el que grita:¡Quillacollo, Quillacollo, Quillacollo!, ¡Naranjas, naranjas, naranjas!!!, esos son los voceadores. Estoy orgullosa de ser canillita junto a toda mi familia”, explica doña Anita.
Nació en Cochabamba el 2 de abril de 1935; su madre fue Benedicta Gamboa y su padrastro, Jacinto Guevara. Sus hijos, entre Gamboas y Ocaña, son: Gastón, 56 años (gráfico); Rosario, 52 (canillita); María Luisa, 50 (canillita); Tania, 47 (becada en Italia): Orlando, 40 (técnico fabril) y Janet, 38 (canillita). “Pero, entre los canillitas a los que ha cooperado en su subsistencia, hay más de una decena que han compartido de la misma olla que sus hijos. Les ha dado alimentación, vestimenta, comida y, el calor materno que falta al desamparado; entre ellos, Guido, Fredy, Mario, el Gallo, el Camba, José y muchos más que, en Anita Gamboa tienen  a su protectora”, comenta Carlitos Heredia.

Un dolor muy grande fue para doña Anita la pérdida del más querido de sus nietos, Oliver Fernández, jugador del Wilstermann y del Aurora, fallecido hace seis meses. Tenía 27 años, 2 huérfanos y una carrera deportiva de mucho éxito por delante.

INÉS LÓPEZ
Toda la mañana, desde muy temprano, la veo trajinar en El Prado luego de vender los periódicos en un puesto ubicado en la esquina Reza, junto al edificio del Rectorado de San Simón. Se casó con Cirilo Pardo, que trabajaba vendiendo periódicos desde sus 12 años, como muchos bajo la protección de doña Anita Gamboa; pero cuando tuvo que dar el sustento a sus cinco hijos, se instaló en esa esquina, cuando funcionaba el Banco BIDESA, y vendió periódicos. Sus hijos son: Carolay, Alejandra, Natalie, Mauricio y Kevin. Es canillita desde hace 17 años. Su esposo y padre de sus hijos había comenzado con el oficio desde muy chico, con el auspicio de doña Anita Gamboa, y ahora merodea en bicicleta la misma zona y persiste en ese noble oficio. Ella se llama Inés López. Dice que antes vendía pollos en el Mercado y que desde chica se dedicó a la venta de verdura, ropa, pan en la época de la UDP, lo que fuera. Se inclinó por la venta de periódicos por las necesidades crecientes de su hogar.
MÓNICA AGUILAR DE LA ZERDA
Es un encanto trabajar con ella, siempre alegre y sonriente en las numerosas ceremonias de la Universidad de San Simón, donde dirige el Protocolo. Su vida no ha sido fácil, pero se ha impuesto a los problemas y es un ejemplo de entusiasmo y entereza para nosotros, sus compañeros de trabajo. Se llama Dayana Mónica Aguilar de la Zerda; nació un 24 de agosto, día de la Virgen de La Bella, de Arani; sus papás se llaman Juan Carlos (+= y Cristina, y tiene dos hermanos: Juan Carlos y Joana; su esposo es Marcelo Rodríguez Castillo y tiene tres hijos: Killa, Sebastián  y Rebeca. Estudió en el Colegio Loyola y el Colegio Cristo Rey y se graduó en Comunicación Social en la U Católica. Desde muy joven mostró su vocación por la danza folklórica y la expresión corporal; a sus 10 años bailó en la Fraternidad Los Moyos, que llevaban indumentaria del Norte de Potosí y luego en los Caporales. A sus 18 participó en un videoclip con Los Kjarkas, la invitaron a participar en el cuerpo de baile y de ese modo inició giras por dos años. “Me embaracé, no estaba casada, tenía 20 años y mi familia, sobre todo mi papá, era muy conservador. Por eso me mandaron a Santa Cruz y pasé esos meses solita, pero mi niña (Killa) nació aquí. Yo era rebelde, no quería dejar al papá de mi hija y tenía a mi familia en contra. Cumplí los 21 años y no había estudiado hasta entonces; pero pensé en mi futuro, y me matriculé en la U Católica. Iba con mi guagua a pasar clases. Mis compañeros y los docentes la conocían. De ese modo salí profesional”, recuerda Mónica.
“Luego volví a encontrarme con un compañero de curso en el Loyola, que había terminado sus estudios de Ingeniería Industrial en los Estados Unidos y fue un amor a primera vista. Hoy somos casados hace 8 años, tengo dos hijos más y Marcelo es una persona maravillosa”, concluye Mónica.

SILVIA HERNÁNDEZ STEINBACH

Es duro conquistar una profesión que exige madrugar y cumplir con la disciplina característica de la Escuela Militar de Ingeniería. Esa es la rutina de Silvia Hernández Steinbach, nacida en Trinidad el 10 junio de 1986, que estudió tres años en la EMI Riberalta y 2 años en Cochabamba. Su abuelo, Franz Steinbach, como toda la familia naturales de Buena Vista, Santa Cruz, era el entomólogo y naturalista más importante en su tiempo, muy conocido en museos e instituciones del exterior. El hijo, Roy Steinbach, siguió sus pasos y es un talento múltiple. Silvia Tatiana es casada con Roberto Roca Vásquez y ambos defenderán pronto su tesis de Ingenieros Comerciales.


CELIMA TAPIA BLANCO
La encontré en el Pasaje de la Alcaldía, donde toca un bombo bagualero y canta junto a un pequeño balde de plástico. Se llama Celima Tapia Blanco, nació en San Isidro, antes de llegar a Cliza y es no vidente de nacimiento. Sus papás ya murieron y es mujer sola. Vive con una amiga muy débil de la vista que le dio una habitación en su casita del cruce a La Taquiña. Todas las tardes se retira en el micro A como a las 5 de la tarde; luego camina una cuadra a su casa. No tiene a nadie más, pero le disgusta la idea de que la lleven al asilo. Tiene 70 años, vive con su amiga Asteria Delgadillo, que tiene 3 hijos sanos, 2 varones y una mujer. “Me voy a morir ahí, ella me va a enterrar”, dice. Es ciega de nacimiento. “En la escuela aprendí a  caminar con bastón, no puedo trabajar en nada, soy no vidente, si me dan me dan, si no, no, no obligamos”, agrega. Su mamá murió hace 14 años; se llamaba Damiana Blanco; su papá “junto con el año se ha ido”. “Soy inocente, papito, no soy casada, mujer soltera soy, no conozco nada”.

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