lunes, 14 de mayo de 2012

RITA ZAMBRANA DE TAMES

Tenía una jornada trabajosa para ayudar en el sostén de su familia, era el faro de Don Eustaquio Tames, su esposo, meritorio y reconocido constructor que en la primera mitad del siglo pasado, cuando aún las calles de Cala Cala eran sendas bordeadas de acequias, pacaes, sauces y choclares, comenzó con la edificación de los primeros chalets en la campiña.

Doña Rita nació en Quillacollo el 22 de mayo de 1875 y falleció el 17 de abril de 1970 a sus 95 años. Su esposo participó en la construcción del Palacio de Portales y fue partícipe en el desarrollo urbanístico, especialmente de la zona norte del Cercado. Tuvieron 9 hijos: Víctor (+); Emilio, (95 años); Amelia (+); Altagracia (+); Humberto (+); Natividad, (80 años); Walter, (78 años); Jorge, (73 años); y Eduardo (+); y 34 nietos, la mayoría de ellos dedicados a la construcción y dos que viven en Brasil, uno ingeniero civil y, el otro médico otorrinolaringólogo.

Cuenta Don Walter Tames: “Para implementar la construcción había que tener los materiales a la mano y, como en esos tiempos no había ni plásticos ni tecnología, tuvimos que instalar una fábrica de mosaicos, tubos, lavanderías, etcétera, como también marmolería. Mi mamá, hacía de todo. Cuando tenía 3 años quedé huérfano de padre y, mis hermanos mayores fueron quienes se hicieron cargo de los menores en los estudios, la vestimenta, la alimentación. Mi hermano Emilio, nos ha costeado los estudios en Brasil, algunos han aprovechado y otros seguimos acá, pero, la disciplina que nos ha inculcado mi madre es que nos ha hecho fuertes y responsables”.

Doña Rita Zambrana de Tames, así como participaba en la cosecha de maíz, como “tipidora”, también, algunas veces, hacía de ayudante, ha sido una persona dedicada íntegra y exclusivamente al progreso y bienestar de su familia nos da su testimonio: “Vestía pollera y no sabía ni leer ni escribir. Tenía una familia apartada entre Quillacollo y Punata, pero su don de mando fuerte y severo, estricta, es que nos ha sacado adelante. Nos hemos educado bien disciplinados, era una persona que nos exigía demasiado, no nos dejaba jugar y nos hacía trabajar en nuestras cosas; cuando llegábamos de la escuela nos mandaba por agua y leña, aquel entonces no había gas, teníamos que ir en las noches por agua a la plazuela de Cala Cala y, leña, recoger al regresar, vivíamos en la Adela Zamudio y América. No permitía que estemos libres, cuando así lo veía, nos mandaba como ayudantes de albañil para ganarnos el pan del día”.

“Doña Rita, nunca nos dijo ni enseñó cómo trabajar en la construcción. Tal vez ha sido hereditario, por nuestro padre, pero cada uno nos hemos inculcado, viendo a nuestros hermanos mayores cómo se trabaja en la construcción, empezamos trabajando como ayudantes y terminamos como arquitectos de nuestro propio acomodo. Sin saber leer ni escribir, hablando puro quechua y muy poco el castellano, era un persona instruida cuya palabra preferida era estudien, estudien, estudien; con otras palabras en castellano no sabía expresarse”.

“Doña Rita, aparte de las ´chankas` de conejo, gallo criollo o ajís que cocinaba, que eran muy sabrosos, hacía unos ´jarwi uchus`` suculentos, nos mandaba a ´apallar` flores de ´chillijchi` a la Plazuela de Cala Cala, traíamos en canasta, había que hacer cocer para des amargar y, el frito de ´chillijchi` sobre el ´jarwi uchú` era una delicia; le gustaba la cocina”.

“A las 5 de la mañana ya entrábamos, junto a ella, a las quintas de Cala Cala a cosechar habas, choclos; en invierno, íbamos a ´tipir` maíz seco; a la media tarde había que llevarle la ´sama`, la comida. Ella se ayudaba con eso para nuestra alimentación, porque no teníamos dinero. Su trabajo ha sido muy sacrificado; mientras mi padre trabajaba en la construcción como albañil y, mis hermanos como ayudantes, ella hacía esas labores, por eso agradecemos ese sacrificio, porque trabajando nos hemos levantado, con el trabajo hemos sido gente, porque hemos trabajado toda la vida”.


NELLY GUZMÁN DE HEREDIA
Un día le pregunté a doña Nelly cuántos hijos había tenido y me contestó: Once hijos y un pavo. ¿Cómo así? Entre los huevos de gallina había visto uno extraño que alguna pava casquivana abandonó en el gallinero; lo cobijó en su pecho y lo mantuvo allí el tiempo de incubación. Ya su esposo le había prevenido que no toleraría un solo días más, y doña Nelly lloraba pensando que iba a truncar una vida, pero el pollito comenzó a picotear el cascarón y nació un pavo tan mimado que, por decreto de doña Nelly, era el intocable de la familia y murió de viejo. Sus hijos son: José Luis, Fernando, Orlando, Enrique, Carmen, Rosario, Pedro, Carlos, Nelly  y Jaime Mauricio; los varones estudiaron en La Salle y las mujeres en el Santa María. “Al menos un metro cuadrado de La Salle debe ser mío por las pensiones que pagué”, decía don José Luis, su esposo. La pareja crió y educó también a un primo de doña Nelly, Víctor Soria Zeballos, a quien hoy le decimos Guzmán “El Bueno”, desde los 9 años.

No debió ser fácil sostener a familia tan numerosa, con 26 nietos, 19 bisnietos y una tataranieta. Don José Luis pasó a mejor vida el 11 de agosto de 2011 y doña Nelly vive con plena lucidez sus 90 años.

María Nelly Guzmán de Heredia nació en Sipe Sipe el 13 de enero de 1922, hija de José Leoncio Guzmán Rejas, hacendado de Carasa, y de Adriana Garvizu Valenzuela Santivañez, maestra. Se casó el 28 de mayo de 1944 con José Luis Heredia Fernández, topógrafo, con trabajos importantes en la regularización del río Rocha, la ejecución del túnel de Knaudt, la Gulf Oil Company y YPFB, en Santa Cruz, donde se jubiló. Doña Nelly administró el Fundo “La Asignación”, en Suticollo; la ausencia de su compañero de vida, por motivos de trabajo, moldeó su carácter fuerte y decidido. Fue una de las primeras vecinas de Villa Montenegro y dirigió la construcción de su casita en el solar paterno. Por entonces ya tenía cinco hijos y debía ayudar al sostén de la familia como maestra de manualidades, costurera, tejedora y confeccionista en una vieja máquina de coser Cidelsa, que aún conserva a sus 70 años de antigüedad.
Entre las innumerables dificultades de esta vida, doña Nelly recuerda las colas que había que hacer para recibir alimentos después de la revolución del 52. Fue distinguida por el Municipio en la gestión de Héctor Cossío Salinas y  trinchera casa construida con mano propia. primera vecina que fincó su pies y construyó su casa en la Villa Montenegro, distinguida por el entonces alcalde Héctor Cossío Salinas, como meritoria mujer y valerosa cochabambina. Junto a un grupo de señoras fundó en su barrio la “Legión de María”.


EVA CASTRO DE OPORTO
Jamás dejó adivinar las tribulaciones que le costaron la persecución de su hijo en lucha contra la dictadura de Banzer y luego de García Meza. Su vida pudo haber sido apacible como su carácter, pero tuvo que enfrentar la represión y la incertidumbre de no conocer el paradero de su hijo y de tantos amigos de la familia.
Eva Castro Gareca nació en Capinota el 17 de octubre de 1925; sus padres fueron David Castro, telegrafista de Capinota y Felicidad Gareca, ama de casa, que engendraron cuatro hijos. Estudió en la Escuela  Juana Azurduy de Padilla, de Capinota, y en el Colegio de Llallagua. Se casó con Luis Oporto Cabello (1918, Colquechaca, contador, jubilado de la Caja Nacional de Salud, y tuvo tres hijos: Luis (64) médico ginecólogo residente en Brasi, ciudadano ilustre y Alcalde de Sertanópolis, Paraná; Franz (62) Ingeniero Mecánico, en su tiempo gerente de la Cervecería Boliviana Nacional y hoy empresario; y Henry (59) sociólogo, ensayista y ex Viceministro de Tierras. “Enfrenté el problema del exilio de mi hijo Henry dirigente universitario  de la UMSA, que estaba a la cabeza del movimiento estudiantil.  En 1980, García Meza, había apresado y torturado a varios de sus compañeros y nos enteramos de que lo estaban buscando. Viajamos a La Paz, y no pudimos verlo durante varios días. Lo volvimos a ver en la Embajada de Venezuela, donde pasó asilado tres meses antes de salir exiliado a Venezuela. (…) Durante esos dos años, viví la angustia de tener a mi hijo lejos, con ocasionales comunicaciones por carta. Me enteré tiempo después que había retornado un año antes clandestinamente a La Paz, y allí vivió  sin avisarnos, para evitarnos preocupación”, recuerda doña Evita. “Solo viviendo esta experiencia es posible entender el dolor de tantas madres bolivianas que como yo, no sabían de sus hijos”, agrega. “Me tocó vivir de cerca la tragedia de mi  vecina, la señora Lidia Rondón, madre de Gonzalo Barrón, que  fue asesinado en la calle Harrington, en el año 1981 junto a otros dirigentes del MIR.
En Llallagua vivió con su padre, trabajador de la Empresa Minera  Catavi y su hermana Delia, modista. Eso ocurrió entre los 19 7 los 22 años de edad, cuando trabajaba en una tienda de telas y de ropa. Conoció a don Luis Oporto, contador de la empresa minera, se casó y se trasladó a Cochabamba, donde vive actualmente más de medio siglo.
“Con orgullo puedo decir que soy  capinoteña, de la tradición familiar y cultural de los valles, buena cocinera y valerosa  madre  y abuela cochabambina. Esta fue nuestra  forma de vivir una experiencia tan angustiosa como la guerra”, dice doña Evita refiriéndose a la Guerra del Chaco, que demandó el alistamiento de los cinco hermanos Castro, entre ellos su padre, todos sobrevivientes después de la contienda.
AIDA CLAROS DE BAYÁ
Ha sido la primera mujer ginecóloga-obstetra de Cochabamba y Ministra de Salud con amplia participación en congresos académicos nacionales, internacionales y mundiales.
Se llama Aida Victoria Claros Rosales de Bayá. Nació en Cochabamba el 12 de enero de 1932, hija del Ing. Fortunato Claros Claure y de Baldomira Rosales de Claros, profesora. Estudió en la Escuela 27 de Mayo y en el Colegio Irlandés. Se casó con Jorge Bayá Barrientos; tiene 3 hijos: María de la Cruz, Jorge y Francisco; y tres nietos: Jorge, Aida y Walter. Estudió Medicina en la UMSS y la especialidad en la
la Maternidad Germán Urquidi y en la Universidad Complutense de Madrid. Es catedrática de Biología, Embriología, Ginecología Obstetricia, medicina Social y Jefa del Departamento Materno Infantil en la UMSS. Ha sido destacada sSu labor como médico residente ad honorem en la Maternidad Germán Urquidi y fundadora de la Sociedad de Ginecología y Obstetricia, Presidenta del IIº Congreso Nacional y fundadora de la Alianza Panamericana de Mujeres Médicas en Cochabamba; y ejerce su especialidad en instituciones y clínicas publicas y privadas. Es socia honoraria de la Sociedad Boliviana de Medicina Tradicional (SOBOMETRA) Presidenta de la Asociación de Mujeres Profesionales Universitarias de Cochabamba y del Tribunal de Honor de la Federación de Profesionales de Cochabamba.
Su labor política ha sido múltiple: diputada en 1978, la primera Ministra de Salud en el gobierno de Lidia Gueiler Tejada, concejal, jefa departamental y Presidenta del Tribunal de Honor del Partido Demócrata Cristiano. En esos escenarios, su aporte ha sido fundamental para el desarrollo regional y nacional. Entre las instituciones que fundó está el Comité Cívico Femenino de Cochabamba y la Confederación Nacional de Instituciones Femeninas de Bolivia (CONIF), de la cual fue Presidenta.
Ha recibido múltiples distinciones, entre ellas, la de Ciudadana Meritoria de Cochabamba, la Medalla al Mérito Profesional otorgada por el Colegio Médico, por la Sociedad de Ginecología y Obstetricia y por la Asociación de Mujeres Profesionales Universitarias. Luego de defender dos tesis (Malformaciones congénitas y Labio Leporino en nuestro medio ambiente tiene contribuciones sustanciales al sector salud.
 LEONOR ESTRADA DE ZABALAGA

Pocas señoras como Nonita para respetar los ideales de sus hijos y ayudarles con devoción. Nació en Cochabamba el 8 de junio de 1925 y murió en la misma ciudad el 26 de marzo de 2012. Se casó con Carlos Zabalaga Ponce de León (1911-2000) y tuvo hijos e hijas comprometidos unos con la liberación nacional y otros con el proceso de cambio. El libro Teoponte, de Gustavo Rodríguez Ostria, tiene pasajes muy interesantes sobre el tema.
Yanko Lubienski escribió una carta acerca de ella: No juzgaba, sabía escuchar cualquier barbaridad que se le pudiera contar, sin escandalizarse, ni exclamar horrorizada, ni poner cara de "eso no se hace". Más bien ayudaba a buscar, desde su serenidad, inteligencia y profunda misericordia, maneras de reflexionar las vías de resolver las cosas. No era malediciente, todo lo contrario, mostraba evidente molestia cuando escuchaba a alguien chismear, hablar mal de otra persona. Era sentida  como "un refrigerio, una inspiración de fe y amor, una esperanza de encontrar siempre lo mejor en todos y en cada circunstancia". Era un mar de optimismo e inteligente opción de vida, al poner los lados buenos de todas las circunstancias de su vida en el lado de la balanza que fortalece y da impulso, no en el que debilita y quita energía. Generosa e ingeniosa para no "hacerse pescar" por don Chaly (su esposo) regalando a quienes tenían más necesidad la papa cosechada en Vinto, prevista para que dure para la gran familia unas buenas semanas. Con toda naturalidad, casi sin darse cuenta. Valiente y decidida, ayudando a sus hijas e hijos en sus militancias y afanes peligrosos, cobijando guerrilleros bajo su mismo techo o en viajes de riesgo de recuperación de material "subversivo". Yo quiero recordar para siempre de ella: era toda una dama en sus expresiones, en sus gestos, en su manera de vestirse, de hablar, de presentarse: no se puede decir que le molestaban, pero sufría un poquito por las groserías, las palabras soeces y la vulgaridad en los gestos. No lo decía, porque no criticaba ni quería hacer sentir mal a nadie. Tantos recuerdos e imágenes me subieron a la mente, al corazón. Nunca conocí a una persona tan buena, tan dedicada a la gran familia, tan generosa con los amigos de la familia   Ella era la parte gemela de la Casa Grande. Como la Casa Grande era el albergue para todos. Era el corazón-albergue de todos. Me va faltar. Un gran refugio menos en mi vida”.
La  Casa Grande es un inmueble ubicado en la Plazuela Constitución. Esta es una descripción de ella escrita por Teresa Ruiz.

“Un cafecito, una sopita o los deliciosos quesos y jalea de manzanas de Vinto, hechos por tía Nona o simplemente saludar a los tíos. Escuchar a tio Charly sus historias de la Segunda Guerra Mundial,  y muchas otras más, siempre alrededor de la mesa grande, la mesa y casa de todos, familia, amigos, bolivianos, suizos, canadienses, de todo el mundo. Entrar un momento al dormitorio de tía Nona para pedirle sabios consejos. Quién no olvida los carnavales en la calle con manguera y luego subir al camión amarillo con Carlos Hugo al volante y recorrer el Prado y la ciudad con turriles y globos. Poco a poco fuimos creciendo, unos se fueron a Suiza, otros fuimos a España y Alemania, poco a poco nos dispersamos, pero nunca rompimos los lazos y cada vez que vamos a Cochabamba, ir a la Casa Grande y visitar a Tía Nona está entre nuestros compromisos primordiales.
ALCIRA MITRE
Cuántas veces la visitamos a tía Alcira (90, nacida el 9 de julio) en su casa de la calle Venezuela y a la hora de almuerzo, porque sabíamos que su comedor estaba siempre abierto para sus sobrinos. Como en el caso de Elenita Auad, en Tarija, la tía Alcira nos enseñó el misterio de la multiplicación de los panes y los peces: todo alcanza cuando se comparte; su olla estaba siempre llena para distribuir la ración diaria y la repetición; y hoy, a sus 90 años, sigue reuniendo a la familia en unos almuerzos reverendos.
La historia de esta familia está llena de sorpresas: don Elías Mitre emigró de Palestina a Oruro, abrió allí una tienda y compró una mina que bautizó con el nombre de su esposa Elena. Ambos eran cristianos ortodoxos y la mina se llamó Santa Elena; pero no encontraban la veta y don Elías tuvo que vender Santa Elena al primer postor; no pasó un mes y el nuevo dueño encontró una veta magnífica. Era el millonario Mauricio Hochschild, uno de los tres Barones del Estaño.
Con esa experiencia a cuestas emigraron a Cochabamba y construyeron la casa de la Venezuela, adobe sobre adobe, ladrillo sobre ladrillo, dicen que con el propósito de reproducir una casa que habían dejado en Palestina. Quizá por eso tiene corredores espaciosos y muchos dormitorios para albergar a la familia grande. “Todos vivíamos juntos”, me cuenta Sonia Manzur (nacida en Cochabamba, pedagoga), “mis bisabuelos, sus hijos, entre ellos el tío Alberto”. Está hablando del yaba Alberto que mereció un poema de su hijo Eduardo Mitre. Habla de Alberto Mitre, el hermano de la tía Alcira, el mismo que se casó con Kerime Canahuaty y tuvo cuatro hijos: Nazri, Ricardo, Eduardo y Antonio. “Todos vivíamos en la casa de la Venezuela, que tenía dos cocinas, una a cargo de la tía Alcira y otra, de la tía Kerime. La tía Alcira preparaba unos baclawes deliciosos y la tía Kerime unos mahmud (postre de nuez, sémola y almendra) entre cientos de platillos.  Con ellos se crió también el primo Caruso Manzur (+), hijo de Salem Manzur, como un hermano para todos. “Mi mamá se llama Lolita, Flora Soria, es de Villa Rivero. Me impresiona por la empatía que ha tenido para adentrarse en la familia, ser parte y tomar parte con naturalidad. Habla árabe o lo entiende al menos, cocina árabe, es su capacidad de darse. Mi papá Caruso fue de los primeros árabes que se casaron con boliviana y provocaron tensión en ambas familias; pero ella se ha enriquecido con ambas culturas. Allí en mi casa vive ahora la tía Alcira”, sostiene Sonia.
Se llama Alcira Mitre Ready; nunca se casó ni tuvo hijos, pero volcó su afecto a la familia grande. “Le decimos la Jabibi. La casa fue construida por mi bisabuelo Elías con sus propias manos, cuenta mi tía Alcira, como una réplica de una casa que tenían en Palestina, espaciosa, increíble, con huerta, frutales, gallinero, rosales, parrales, comodísima. La mesa llena es una manera árabe de demostrar cariño; son comidas muy elaboradas. Mi familia se ha arraigado entre los cochabambinos pero no ha perdido costumbres árabes. Mi abuelita hablaba árabe, no podía con el castellano, y a las personas que trabajaban en la casa no les quedaba otra que aprender árabe; pero k’oaba los martes de Carnaval, se hacía mojar y mojaba y repetía: Hay que respetar las costumbres de esta tierra que nos ha acogido. Los domingos todavía nos reunimos y cocina la tía Alcira. Si cocina otra persona se enoja, es su territorio. Todo en abundancia. Si te mides, te falta, si compartes, siempre hay”, sostiene Sonia.
Cuántas veces he compartido la mesa de la tía Alcira y cuántas otras he sido invitado por Eduardo y por Antonio Mitre. Eduardo era un gran director de mesa, presentaba los alimentos con amor, como si invitara a la lectura. Luego servían el café árabe, tinto y con borra, encendía un cigarrillo y exclamaba: “Tanto trámite para esto”. Como casi toda la familia, su mamá, Kerime Canahuaty, nació en Belén. Kerime quiere decir Querida, Amada. Era una joven viuda con dos hijos cuando conoció a Alberto Mitre en Cochabamba; se casaron y tuvieron cuatro hijos. “Las dos tías vivieron juntas casi toda su vida. En los últimos años, la tía Kerime sólo recordaba su infancia y hablaba árabe. Las muchachas que la cuidaban aprendieron árabe para comunicarse con ella. En sus últimos años, mi tía Alcira estuvo muy presente acompañándola, velando por ella con una nobleza muy grande”.
MARÍA LUISA UGARTE
Uno de sus hijos escribió estas bellas palabras: “Todas sus amigas la conocen como Lucha, un sobrenombre que describe su entereza para enfrentar los retos de la vida. Terminó el bachillerato en un colegio nocturno, fue secretaria de la UMSS casi tres décadas y antes se dedicó a elaborar tortas de matrimonio. Sufrió innumerables problemas de salud y los superó de manera paulatina; carga un marcapaso desde hace diez años, lo que no le impide viajar a Suecia a visitar a la familia de su hija Marcela. La primera vez que viajó lo hizo desoyendo todas las advertencias que da el sentido común pero su corazón aguantó el trajín de 19 horas de vuelo. A su retorno se extraviaron sus maletas y, con la escasa fuerza que tenía se puso a reclamar ante la empresa. Media hora después fue internada en una clínica. “No me va a vencer un viajecito” decía esos días. Y volvió a viajar, y hoy, otra vez está en Suecia, cuidando a sus nietas. Para eso funciona muy bien su corazón. Tanto como para devorar libros y mejor si novelas de aventuras, quiijotescas o no, que le pongan intensidad al paso del tiempo, y ningún límite al número de páginas: las de Tolstoi, pan comido, las de Eco un festín si en la trama hay dominicos sabihondos, y las de amor sólo si sobreviven a cien años de soledad.”       
Su nombre es María Luisa Ugarte Ugarte; nació el 26 de junio de 1939, se casó dos veces y su actual esposo es Wilfredo Montoya.
Tiene cuatro hijos y una hija: Ramiro, médico que reside en La Paz y trabaja en el SSU; Fernando, sociólogo que dirige el CESU, un centro de posgrado en la UMSS; Antonio, también sociólogo y director de un centro de investigaciones en la Facultad de Derecho, Marcela, psicóloga que reside y trabaja en Suecia, y Daniel, ingeniero que trabaja en YPFB. Tiene dos nietos: Alejandro y Joaquín, y tres nietas: Lucía, Laura y Alicia.
BLANCA FERREL SORIA GALVARRO
Es hermana de un condiscípulo de colegio; era azafata del LAB, una chica muy guapa, y se casó con el aviador Nelson Urresti. Son católicos practicantes y siempre han compartido en familia. Los recuerdo así en múltiples escenarios, siempre en familia. El hijo menor fue victimado con saña aquel aciago 11 de enero de 2007, cuando trataba de cubrir a su padre, por quien tenía devoción, y pagó con la vida ese gesto filial. Hace 8 años que la familia busca justicia para dar con los autores del crimen. Es una voz persistente, que no calla, un reproche constante en busca no de venganza sino de justicia.
Los Urresti viven en una casa de clase media. Son un hogar sólido, con 5 hijos, incluido Christian. Son católicos practicantes. Nelson nació en Riberalta, Beni, y ha sido piloto del LAB; Blanca Ferrel Soria Galvarro fue azafata del LAB; Nelson tuvo un matrimonio anterior y es padre de dos hijos mayores… La vida de la familia Urresti no había pasado antes por ningún contratiempo: como piloto, Nelson llevaba de vacaciones a su familia al exterior; tiene parientes en el País Vasco, a los cuales ha visitado varias veces. Nada permitía sospechar que, en la vida apacible de los Urresti, sobrevendría la tragedia.
 Christian es el único que nació con cesárea. Era muy alegre hasta cuando estaba dentro de mí. Dos veces hemos ido en vano a la clínica, y al final decidimos que nazca ese día, el 12 de enero, y nació a las 10:30 de la mañana. Era el menor de toditos y tal vez por eso el más cariñoso, porque realmente nos ha dado diecisiete años de felicidad, amor, ternura, mucha alegría, porque él transmitía eso, mucha alegría –recuerda Blanca.
 Christian murió en la víspera de su cumpleaños. Su padre recuerda las extrañas coincidencias que se dieron en la víspera. Un año antes, Christian había viajado sorpresivamente a Santa Cruz también en la víspera, y este año había hecho compromiso con sus compañeros de curso para viajar a Santa Cruz, al parecer para escuchar a una banda de rock que actuaría en el Solilun. Pero este año, su padre no había querido ceder porque tenía pensado festejarlo en familia, aquí, en Cochabamba. Christian insistía y Nelson se mantenía firme en la negativa.
 Entonces, más digamos aceptó quedarse porque su hermano, que vive en Santa Cruz, está casado, le iba a dedicar ese día de su cumpleaños en la mañana para hacer el trámite de licencia de conducir antes de volver a Santa Cruz –recuerda Nelson Urresti.
 Era frecuente ver a Christian manejando el coche de la familia mientras acompañaba a su padre a comer salteñas en La Casa del Gordo. Una antigua amistad con el finado Armando Antezana, el Gordo Ja Ja, nos había juntado hacía como veintidós años en la antigua Salteñería Social, de Cala Cala, donde nos reuníamos con otros amigos pilotos, médicos y socios de la Fraternidad "Los 13". Yo los conocí gracias al también finado Alfredo Medrano e invariablemente nos acompañaba Carlos Heredia, pues los tres trabajábamos en el diario Los Tiempos. Al paso del tiempo, Christian, a quien habíamos conocido desde sus primeros días, era ya un joven de buena estatura, muy cordial y compañero inseparable de su padre, a quien a veces nos lo confiaba para regresar a recogerlo. Nelson le recordaba que no podía manejar sin licencia. Ese fue uno de los motivos que sirvieron para convencerlo de que no viajara a Santa Cruz.
 El 11 de enero, Christian fue el único de mis hijos en ir a la concentración, recuerda Nelson. En todo caso, él no pensaba de ninguna manera ir porque quería viajar a   Santa Cruz para su cumpleaños. Recuerdo que, a la hora del almuerzo, estuvimos hablando de que no deberíamos ser apáticos ni pasivos, porque no estaba bien que los cocaleros protestaran aquí, en la ciudad. Que protesten donde tengan que protestar, en sus lugares. Yo les hice a mis hijos un comentario: tenemos nosotros familia en el norte de España, que son vascos y protestan en sus lugares, no van a Madrid a protestar. Eso les dije. Entonces mis otros dos hijos dijeron que tenían actividades y no fueron. Christian tampoco quería ir pero a último momento lo llamaron sus amigos… --recuerda Nelson Urresti.
 Hay sucesos que marcan la vida de una persona, de una familia, y echan luz sobre pequeños detalles y entonces les dan sentido. La muerte de Christian daba sentido a algunas señales no percibidas como presagios de lo irreparable en su momento. Uno de ellos es el más sugestivo: Christian tocaba batería y era integrante de una banda de jóvenes músicos de su generación. Tenía una habitación que destinaba a los ensayos y la batería estaba acomodada de modo que él, al tocarla, tenía la espalda pegada a una pared. Poco antes de su muerte había pintado allí dos alas de ángel que parecían salir de su espalda; y en sus últimos días, había pintado una cruz entre ambas alas.
 Christian tenía una enamorada, y el 10 de enero había cumplido once meses con ella. Se llama Carolina.
 Estuvimos hablando mucho de qué le iba a regalar y nos decidimos por una manillita de goma Eva –recuerda la madre--. Como era tan alegre, le gustaban los colores más fuertes: el verde fosforescente, el anaranjado… Después que pasó la desgracia, vi a Carolina y me contó que le había comprado una manilla negra. "Cómo negra, me asombré, si él me dijo que te iba a comprar en verde." Y me dice: "No sé, pero me ha traído una manilla negra. Claro, me dicen: "Tú ves en todo una señal, un mensaje." Pienso que no es eso: es que yo lo conocía, yo hablaba mucho con él.
 ¿Qué es mejor, recordar a cada minuto, en todo momento, la tragedia? ¿Olvidar? ¿Exigir justicia? ¿Perdonar? La vida de los Urresti soportó un terremoto con la muerte de Christian, un tsunami que no concluye, pues de inmediato fueron visitados por investigadores, fiscales, abogados y amigos que se ofrecieron para contribuir en la busca de los culpables.
 Nelson habla en tono sereno, reposado, pero sin que le tiemble la voz.
 Lo único que nosotros deseamos es que mi hijo pueda descansar en paz; y si muchas personas lo toman como un símbolo, lo tomen como eso, símbolo de paz, amor y unidad y no de rencor ni de odio ni de rabia. Qué bueno sería que el Gobierno dejara de dar esos mensajes instigando a la confrontación entre hermanos. Que nos dejen vivir en libertad, que nos dejen vivir en democracia y todos como hermanos, porque toda la vida hemos vivido como hermanos. Nunca ha habido esta separación que se ve ahora, nunca ha habido ese odio entre nosotros con campesinos o los campesinos contra nosotros.
 Esto que estamos haciendo. Mostrar a la, a la gente como desgracian una familia, como desgracian, todos estos hechos, desgracian un grupo, desgracian una persona porque a mí me han desgraciado. Yo no sé qué voy a hacer de aquí en adelante en mi vida. Mostrarlo así, de esta manera, por eso hemos accedido, por eso este, en cuanto podemos, queremos decirle a todo el mundo de que no tenemos ni rencor ni odio ni queremos venganza. Lo que quisimos en un momento es justicia, que no se quede así, porque yo no puedo entender cómo un humano puede golpear de la manera que lo han golpeado a mi hijo hasta destrozarlo.


BEATRIZ VARGAS PRUDENCIO
 (Cochabamba, 1936 – 1999)
Extraordinaria cultora de la sensatez, de la personalidad y de la poesía. Alrededor de 1950, ganó los Juegos Florales de la Poesía y recibió un diploma y un libro de manos del poeta Primo Castrillo. Contrajo matrimonio con el tarijeño Eberto Lema Arauz y tuvo dos hijos: Malena y Gonzalo. Debido a los sucesos del golpe de Estado de 1964, su familia terminó de fracturarse y quedó al cuidado de sus pequeños en medio de la pobreza e indiferencia del medio. Una anécdota que la caracteriza en extremo se refiere a los paseos vespertinos con su hijo Gonzalo, de apenas cinco años, que servían para sortear la hora del té, y aprovechar del pan a la hora de la cena. En cierta oportunidad, una vecina se acercó amorosa al niño que manejaba su triciclo y le dijo: “Hola Gonzalo, ¿qué es lo que haces?” A lo que el niño respondió: “Estoy jugando porque mi mami me ha dicho que no tenemos plata para tomar el té”.
Pese a haber sido casada con un hombre del “movimientismo”, sus inclinaciones políticas parecían definirse mejor en el discurso político de Marcelo Quiroga Santa Cruz. La voz y el pensamiento del líder político, enunciada por las radios de la época, llenaban de júbilo y entusiasmo su sentimiento y pensamiento. Su entorno social, más bien de ideas de continuismo con Víctor Paz Estenssoro, quedaba siempre asombrado de la influencia de Marcelo Quiroga en su ideología y actitud. Durante la dictadura de García Mesa, a objeto de denunciar la corrupción existente inclusive en los orfelinatos a cargo de la prefectura, trabajó de manera voluntaria con un grupo de compañeras en el servicio de los niños abandonados y denunció, a pesar del peligro, la venta de los alimentos a través de las tiendas de las mujeres ligadas a la dictadura.
En 1981, en la reapertura de las universidades bolivianas, convocó a su hijo Gonzalo de retorno a Bolivia y proveniente de Australia a objeto de que se profesionalice en la carrera de su elección. Sabedora de la vocación de escritor de su hijo, a tiempo de pedirle que no descuide el Derecho, le puso sobre la mesa doscientas hojas de papel sábana y una máquina de escribir prestada para que iniciara su primera novela. Hasta el final de sus días se sintió orgullosa de haber generado en él un impulso irreversible a favor de la cultura. Ya en el colegio, en una de las tantas charlas serias con él, le indicó que iba a educarlo a través de los libros. “Tendrás un libro cada mes, casi siempre de segunda mano”, le dijo. “Ellos y yo vamos a educarte para que seas un hombre de bien”.

ELDY ANDRADE GUTIÉRREZ
Eldy Margarita. Nacida en Cochabamba, de padre cochabambino y madre cruceña, comenzó a destacarse, desde muy pronto, por su increíble capacidad de generación de amistad, afecto y solidaridad. Debido a esta característica nítida de su carácter y personalidad, desde muy temprano en su vida estuvo involucrada en diversas labores de ayuda social a pequeños y grandes colectivos sociales y personas desamparadas por la vida. Su actividad profesional –tiene un masterado en administración de empresas- ha estado siempre orientada a la solución de problemas cotidianos de la gente. En cierto momento de su vida tenía a su cargo a religiosas ancianas, a jóvenes adictos a distintos vicios y a un grupo de adolescentes cleferos. Ese compromiso con el prójimo en desgracia no ha cesado.
Su convicción por el empresariado emerge de una lectura sensata de la realidad boliviana que indica que el Estado no es capaz, por sí solo -y en ningún país del mundo-, de generar la totalidad de fuentes de trabajo que se requieren. El empresariado equilibrado y de buena fe, motorizado por principios morales y éticos persigue el objetivo social de la redistribución de las ganancias y la estabilidad de las familias en base al trabajo digno. Diversas instituciones tienen esa preocupación central y Eldy Margarita pertenece a varias de ellas. Sus empresas, como Delicias Tours y Materiales Nuevos, son un verdadero ejemplo de estabilidad y corrección respecto a los empleados y al enorme universo de sus usuarios.
Como siempre ocurre, aunque recién en estos tiempos se lo advierte, además de trabajar en la generación de una economía, está dedicada al trabajo en el hogar, del cuidado de sus hijos Dennis y Gabriel, y de su esposo Gonzalo Lema. La importancia del trabajo y su influencia en la familia, junto a los valores y principios de la buena convivencia, hacen que su hogar se constituya en la realización de la mayor de sus empresas.  El ejemplo de esta mujer es digno de ser emulado.  

LUCY ÁVILA AUZZA
He seguido por años la labor periodística de Lucy Ávila en el diario Los Tiempos y en ICCOM Publicidad, que es también un emprendimiento mayor. Con ese esfuerzo infatigable crió a tres hijos excepcionales: Edmundo, Marcelo y… Acerca de ella, le pedí un testimonio a su hijo, Edmundo Paz Soldán: “Hace algunos años mi mamá tuvo un problema que la llevó al hospital. Todos nosotros coincidíamos en que quizás ese era el momento en que mi mamá bajara su ritmo impresionante de trabajo. Acababa de terminar su primer libro de cocina y eso la había desgastado un montón. El médico recomendó reposo. Cuando yo llegué a Cochabamba, hablé con ella y me dijo que el médico tenía razón, que iba a cambiar de estilo de vida, etc. Me fui tranquilo. Poco después, sin embargo, me sorprendí al enterarme de que ella planeaba un segundo libro. Después han venido el tercero y el cuarto. Mi conclusión es que su capacidad de trabajo y su energía han servido para sacarla de su problema, que el reposo no era para ella. Cuando tenía dieciocho años estaba estudiando en la Argentina, ingeniería industrial, y tuve una crisis y me di cuenta que la ingeniería no era lo mío. Tenía miedo con el momento en que se lo diría a mis papás, sobre todo a mi mamá, porque ella, pese a la crisis económica--estábamos a mediados de los 80--, había sido la que insistió más en que yo me fuera a estudiar al exterior. Terminé mi año de estudios y volví a Cochabamba y fui a hablar con ella. Nueva sorpresa: No hubo ningún reproche. Me dijo que siempre había sabido que lo que de verdad me gustaba era la literatura, y que lo aceptaba. Era dura cuando debía ser dura, comprensiva cuando más lo necesitaba.
Su hermano Marcelo dice: "Yo sabía, desde chico, que quería ser economista y mi fascinación por los números aumentaba cada vez que me acercaba a cuarto medio y tenía que decidir que estudiar. Al salir de colegio les dije a mi padres que quería estudiar economía y ellos me dieron su apoyo, como siempre lo habían hecho a lo largo de mi vida. Entré en la UMSS a estudiar economía, pero el país atravesaba uno de sus periódicos más movidos, lo que siempre nos ha caracterizado, por tanto mis clases en la universidad estatal eran absolutamente irregulares. Así que comencé a no tener clases semanas enteras y, gracias a la inmadurez de mi edad, dedicaba mi tiempo a estar con mis amigos sin mucho más que hacer. Llevaba ya medio año en la U y mucho no había podido avanzar ante mi total indiferencia. Más bien empezaba a creer lo afortunado que era. Un domingo en la noche, después de estar con mis amigos e ir al cine, llegué a mi casa y mi madre me esperaba con un ticket de un solo tramo a La Paz y me comunicaba que me había escrito a la Facultad de Economía de la Universidad Católica y que al día siguiente empezaría clases; mi tío Lalo me recogería del aeropuerto. Esa noche lloré por lo injusto que era la vida conmigo sin saberlo, sólo el tiempo me lo diría, que mi madre había ayudado, de manera definitiva y por siempre, a ser quien yo soy ahora".

Se llama Lucy Gladys Ávila Auzza, tarijeña de nacimiento y residente en Cochabamba. Sus hijos son: Patzy Skeet Ávila (con su primer esposo, Henry Skeet) y José Edmundo, Raúl Marcelo y María Roxana (con su segundo esposo, el Dr. Raúl Paz Soldán). Hoy tiene 9 nietos.
JENNY LOBO DE LANZA
Es hermana mayor de un condiscípulo mío. Recuerdo que solíamos admirarla con devoción y respeto porque la sabíamos esbelta y bella pero distante. Se casó con Emilio Lanza Armaza, quien llegaría a general de la República y le daría uno de los trances más duros de la vida, que permitió sin embargo apreciar su temple de mujer valerosa y resuelta, pues su participación fue decisiva para librar a su esposo de que lo asesinaran los paramilitares que venían a fusilarlo cuando él se entregó a cambio de la libertad de sus compañeros y subalternos que lo apoyaron cuando se levantó contra la dictadura de García Meza.
Jenny estudió Farmacia y Bioquímica y atendió la farmacia heredada de su mamá, ubicada en la esquina San Martín y Colombia. Su mamá fue una señora muy sacrificada; sus hijos y nietos la recuerdan siempre trabajando porque soportó el rigor familiar y la crianza y mantención de sus hermanas, trabajando desde las 4 de la mañana desde muy joven para atender sus negocios, alistar a sus hijos que iban al colegio y cocinar para toda la familia.
Emilio Lanza era comandante del CITE y pidió el relevo del dictador García Meza en mayo de 1981, que desembocó en el sitio del CITE efectuado por varias unidades leales a la dictadura. Horas más tarde, Lanza cargó sobre sí la responsabilidad del levantamiento y se presentó a la Séptima División luego de despedirse de su familia. Se iba a iniciar el sumario en su contra, pero por orden del dictador llegó de La Paz un grupo de paramilitares del SES para conducirlo quizá a la otra vida. Era necesario escapar y uno de los pocos contactos era con su esposa. De ese modo, Emilio Lanza pudo disfrazarse de mecánico y esconderse en un turril a bordo de un camión Caimán que transportaba diesel. En toda esta conspiración para salvar la vida actuó su esposa en primer plano. Emilio salía oculto en el camión Caimán y Jenny ingresaba a la Séptima División para armar un alboroto por la supuesta ausencia de su esposo. Ya había alertado a los oficiales del CITE y éstos se comprometieron a secundar el levantamiento contra García Meza, que estalló el 25 de mayo de 1981 y no prosperó por falta de apoyo de otras guarniciones. Una negociación oportuna en el CITE permitió que doce oficiales fueran trasladados a la Nunciatura Apostólica, en La Paz, para luego tomar el camino del exilio, luego de sortear maniobras del régimen, que quería darles un escarmiento en el cuartel de Miraflores pero se enfrentó a las tropas de la Base Aérea, las cuales pusieron a salvo a los doce oficiales.
Emilio marchó al exilio en Quito. Desde entonces volvería a pasar tribulaciones hasta el día de su jubilación como general de la República. En todas ellas, su esposa, Jenny Lobo, y sus hijos: Roy, Cecilia, Roberto y Alejandra lo acompañaron con esa lealtad a toda prueba que trasunta el libro Mayo y después. La rebelión del Tcnl. Emilio Lanza contra García Meza. Los últimos días de la dictadura, de Cecilia Lanza Lobo.

CLAUDIA MANCILLA BALLESTEROS
Se la ve en uniforme camuflado, una imagen habitual en los medios, registrada en numerosos operativos que preside como Coordinadora de la Fiscalía de Sustancias Controladas. Esta valerosa mujer tiene una energía desbordante que se expresa no sólo en su belleza visible sino en esa que habita el interior de algunas personas. “Soy una mujer cuya mayor debilidad son mis cuatro hijos, por quienes despierto todos los días y quienes me dan la fuerza para seguir luchando todos los días”, dice Claudia. Sus hijos son Pamela (17), Daniela (14), Kenny (6) y Claudia (4). Se casó con Edwin Castellanos, “el amor de mi vida, con quien luchamos mucho para estar juntos, nada fui fácil en nuestras vidas, todos los días intentamos llegar a viejos, ser el uno para el otro, nuestros testigos de vida”, agrega.
Estudió bachillerato en el Colegio Santa María, Derecho en la Universidad Católica, trabajó en la Corte de Justicia, ingresó en 2000 al Ministerio Publico y hoy es Coordinadora de la Fiscalía de Sustancias Controladas del Departamento. “Cada vez que condenan a un narcotraficante, tengo la certeza de que he quitado de la calle a una persona que posiblemente le venda droga a mis hijos o a los hijos de cualquier ciudadano”, dice Claudia, aunque su trabajo “ha puesto en riesgo no sólo mi vida sino también la vida de las personas que más amo”.
Su nombre es Carola Claudia Mancilla Ballesteros. Es abogada penalista con una tesis de grado sobresaliente con mención de publicación y decenas de cursos y talleres de especialización, en los cuales ha sido alumna y docente. Ha recibido múltiples reconocimientos por su labor Profesional. “Recuerdo que un gran periodista me hizo esa pregunta (por qué trabaja en lo suyo) y la única respuesta posible es por convicción”, concluye Claudia.
TERESA JIMÉNEZ TORRICO
Su serena belleza le ha permitido cumplir 30 años de azafata del Lloyd Aéreo Boliviano. Ha sido condecorada por su institución, declarada Ciudadana Meritoria por el Concejo Municipal y condecorada con la Orden de Aeronáutica Civil en el grado de Caballero cuando cumplió sus Bodas de Plata como asistente de vuelo. Entre los miles de personajes que conoció, destaca al Papa Juan Pablo II, a quien asistió durante una semana como su azafata personal.
Tengo la impresión de haberla conocido en el Kinder Cochabamba, donde inició sus estudios como cientos de personajes cochabambinos. Nació en Cochabamba un 3 septiembre en la calle Baptista, donde la visité. Es hija de Salomón Jiménez y de María Josefa Torrico, ya fallecidos, y tiene tres hermanos: Hernán que vive en los Estados Unidos hace 60 años, Germán (Puli), que vive por Huayllani y Fernando, que vive con ella en la casa paterna. Estudió en el Colegio Maryknoll y en 3º de secundaria se fue a los Estados Unidos, donde salió bachiller en Texas, pero volvió de vacaciones e ingresó al LAB a sus 18 años, en 1970.
“El LAB ha sido mi vida. Siempre me gustó volar, en tierra no me sentía tan firme como en el avión. Estuve raras veces aquí, más vivía en el aire que en mi propia casa, siempre afuera, alojada en hoteles, con mi ropero en la maleta, durante 30 años”, resume Teresa.
Siempre es riesgoso volar; uno no sabe si volverá a casa; “pero Dios nunca dejó de mirarme en esos 30 años, siempre estuve con el ojo de Él chequeándome. Cuando cumplí 28 años en el LAB, mi hermano mayor me dijo que me retirara: Cuidado que Dios no esté “, un 12 de diciembre y visité la Basílica de la Virgen de Guadalupe y le dije: Virgencita, quiero retirarme en dos años, y si me retiro bien y sanita, haré el último vuelo para despedirme de ti. Así lo hice”, recuerda Teresa.
Para ser azafata hay que tener carácter y estómago de hierro, porque una debe lidiar con doscientos caracteres en el avión cada media hora, decirles sí a todo porque el cliente tiene la razón, escuchar cosas feas pero sonreír. “Pero me gusta trabajar con gente y amable con todos”, resume Teresa, que en treinta años a Dios gracias no enfrentó ninguna emergencia. Se retiró en 1998. “Ahora reposo tranquila, tengo tiempo para todo, me dedico a mi casa, me gusta, me encanta viajar, veo un avión y quiero estar ahí colgada, pero no siempre se puede”, concluye Teresa.
ZENOBIA DE TICA COLQUE
El 11 de enero de 2007 una bala segó la vida de su esposo, Juan Tica Colque. Quizá su problema no proviene sólo de la muerte de su esposo, sino de la situación de orfandad que quedó ella y sus tres hijos. Aquel 11 de enero “aquí estaba con mis tres hijos, lavando ropa, y mi hijo mayor estaba mirando televisión con su primo. "Mami, mi papá se ha muerto", diciendo ha salido llorando a la puerta. Yo no he creído porque sanito ha salido. ¿Cómo se podía morir? No le he hecho caso a mi hijo”, recuerda doña Zenobia. “Hemos ido en taxi y nos ha dejado a la orilla de la laguna”.
En noviembre de 2007, Alex Rosales, formalmente imputado por la muerte de Juan Tica Colque, fue sentenciado a 14 años de prisión; pero una información reciente dice que no se conoce su paradero.
Zenobia y Juan emigraron desde Potosí; se establecieron en el valle y, como muchas familias vallunas, buscaron un cato en el Chapare para sembrar coca. Juan viajaba una que otra vez a cuidar el chaco, a cosechar la coca y a secarla, pero su residencia estaba en Sacaba, capital de la provincia Chapare. Zenobia y Juan eran pastores de ovejas en Potosí. Allí se habían conocido.
El trabajo en el Chapare había sido una costumbre en ambas familias. Juan ya trabajaba de niño en el Chapare, junto a su hermano mayor; y Zenobia ingresó por primera vez a la zona cuando tenía once años, con su tío que pertenecía a un sindicato distinto al que luego pertenecería los Tica Colque.
Juan fue dirigente de su Sindicato hasta mediados de 2006. Retornó a su hogar los primeros días del 2007, sin pensar que el 11 de enero lo esperaba la muerte.
BRÍGIDA ARO COPA
La observo mientras atiende a mi nieto Emilio y me sorprende su dulzura y su paciencia para enseñarle manualidades que salen de sus pequeñas manos antes de cumplir los tres años. Ella estudia Parvulario en INFOCAL y una Licenciatura en Pedagogía en la Universidad del Beni, oficina Cochabamba. Tiene una hija de siete años y para todo eso se las arregla sola. ¿Cómo así?
Se llama Brígida Aro Copa; nació en La Paz el 14 de octubre de 1984 pero se vino a Cochabamba al año de vida. Es hija de Emilio Aro, panificador, y de Irene Copa, que ya murió. Vive en Ticti Norte y estudió en el Colegio Club de Leones, hoy Colegio Concordia.
“En los primeros meses que cursaba el 4º medio me embaracé y así salí bachiller. Estudié y trabajé y cuando nació mi niña mis papás me ayudaron. Estudiaba Derecho, pero tenía que ir a clases con mi hijita y los docentes no lo permitían; la dejaba en una guardería, pero no me alcanzaba para pagar. Luego ingresé en la Normal de Paracaya, pero mi hijita tuvo una infección urinaria por el agua de pozo que consumíamos y entonces el doctor me dijo: O estudias o crías a tu hija; tuve que dejar mis estudios, y no porque quería ni porque no podía sino por mi situación económica.
En INFOCAL le dieron una beca de trabajo y hoy la Beca Bartolina Sisa, que financia el Estado Plurinacional. Su hija nació el 2 de mayo de 2004 y hoy estudia en el Colegio Adventista. “Las mujeres solas no tenemos apoyo familiar o del papá de mi hija, pero he sabido enfrentar las cosas y salir; he tenido tropiezos pero aun así no me he dado por vencida, he dicho que todo problema ha sido un reto más para mí, he sabido salir pero siempre con alegría, paciencia, honestidad”, resume Brígida.

TERESA LAREDO
Lo primero que pedí ver fueron sus manos. Cuando vivía en Roma en uso de una beca que ganó en un certamen, alguien se fijó en que tenía manos pequeñas. Era Magda Tagliaferro, que vivía en París y había desarrollado una técnica para manos pequeñas. De ese modo se trasladó a París y pudo al fin tocar a Liszt y Brahms, que exigen manos muy grandes. Se interesó por el piano, su pasión inicial, y por el clavicordio, este último por cierta afinidad que le encontró con el charango boliviano. Con el tiempo, se hizo fabricar un clavecín reformado con Jean-Paul Ruo, en París, y con él interpretó música de varios compositores bolivianos: Fiesta Aymara, de Humberto Viscarra Monje; Tunari, de Emilio Gutiérrez; El sueño de la ñusta y Koya Raimi, de Humberto Iporre; Seis aires indios, de Eduardo Caba; las cuecas Rosa y Kaluyo Indio, de Simeón Roncal; Poema indio y La rueda, de Armando Palmero; y Ritmos panteísticos, de Marvin Sandi, además de Preludios Americanos, de Ginastera. Teresa Laredo compuso Korikenti e interpreta en sintetizador dos creaciones suyas: Reminiscencias panteísticas y Polvo de estrellas, además de una veintena de Lieder algunas de cuyas letras son propias.
Hoy vive en Ginebra; da conciertos en capitales de Europa, América y Australia, pero se dedica a diario a otra de sus pasiones: la musicoterapia. Su hermano Fernando, diplomático de carrera, la relacionó con Miguel Ángel Estrella, fundador del movimiento Música y Esperanza, por la coincidencia de criterios; pero hoy Teresa sigue su propio camino y nos dio una muestra inolvidable nada menos que en el comedor de doña Adela Zamudio, en los altos del Café El Turista, donde nos reunimos en la tercera tertulia organizada por el Café, por el diario Los Tiempos y por el Cronista de la Ciudad.
Teresa es pura energía vital; tiene una alegría interior (un entusiasmo, comunicación con Theos, Dios, como diría ella) que envuelve a su auditorio. Destaca por igual reflexiones filosóficas o temas sencillos y cotidianos en un discurso alentador sobre el milagro de la vida. Vivir es aspirar a la armonía; somos criaturas de agua y por eso somos sensibles a la música, al arte, a la armonía en definitiva. Trae consigo un par de instrumentos para ilustrar lo que dice: unas pequeñas campanas del Tibet, que tañe encima de cada una de nuestras cabezas, para que sintamos, con los ojos cerrados, la hondura y la pureza de su vibración. (Con esas campanas los monjes budistas limpian sus templos de malas vibraciones, explica). Luego nos mostró dos palos de lluvia, uno para infundir paz y reposo y el otro para comunicar energía. Deja que las semillas se desplacen en su interior sobre nuestras cabezas y, al abrir los ojos, sentimos paz, alegría y la fortuna de despertar en el comedor de doña Adela, donde se percibe su augusta presencia, que es también soledad aceptada y compartida.
Uno se pregunta cómo pudo desarrollar tantas aficiones paralelas, primero con el piano y el clavecín, y luego con la musicoterapia, que confía en el sentido musical de cada ser humano, al margen de su nivel de formación académica. Cuenta, por ejemplo, que trabaja con niños violados y los ha juntado con adultos ciegos que tienen un perro por lazarillo. Los adultos piden canciones y los niños pierden el miedo a los adultos. (Escogí a los ciegos y a los niños con síndrome de Down para especializarme en musicoterapia, explica). Recuerda a un prestigioso cardiólogo, que fue jefe de servicio en el Hospital Boucicaut, en Francia, cochabambino de origen, que padeció a la vejez de Alzheimer, pero revivía en contacto con un piano. No había tenido antecedentes musicales, pero las armonías que inventaba o la repetición de una sola nota lo remontaban a su memoria perdida. (Hago que toquen las teclas negras, porque son pentatónicas, y entonces la armonía no puede fallar, explica).
“Teresa es el equilibrio mismo entre circunstancias y situaciones que a primera vista pueden parecer irreconciliables”, dice María Teresa Rivera de Stahlie (Música y músicos bolivianos, Colección Biblioteca Boliviana, Ed. Los Amigos del Libro). Habla castellano y francés como si fueran dos idiomas maternos, pero suele salpicar la tertulia con expresiones en quechua. Estudió piano en la Academia Santa Cecilia, de Roma. En el Mozarteum, de Salzburgo, conoció a Magda Tagliaferro y se trasladó por cuatro años a París, en uso de una beca otorgada en persona por Luzmila Patiño. De retorno a Bolivia, ganó un concurso para jóvenes intérpretes, cuyo premio consistía en una beca para estudiar en el Conservatorio de Ginebra con el maestro Gilbrandt, de la escuela de Liszt-Lipatti. Perfeccionó el clavecín con Ruggiero. “Sus ojos brillan cuando habla de música, y su goce espiritual cuando se sienta al piano o al clavecín, es de comunicación inmediata a un auditorio que le escucha con religiosa unción”, dice María Teresa Rivera de Stahlie.
Como musicóloga, difunde la obra de mujeres compositoras del mundo, con la publicación e interpretación de partituras inéditas. Por esta labor ha merecido una medalla al mérito otorgada por el Ministerio delle Pari opportunitá de Italia en 1997 y la medalla Cerro Rico de Potosí de UNESCO en 1999. Ha confiado a los lectores sus sentimientos como musicoterapeuta y pedagoga en El sonido fuente de vida. Mis vivencias en Musicoterapia. En la presentación, Jacqueline Delarue, violinista de la Orquesta San Juan de Ginebra, confiesa haber comprobado el poder de acción de la onda sonora en el ser humano cuando una anciana le pidió que le hiciera escuchar un palo de lluvia porque no había llorado en diez años y necesitaba llorar. La violinista cumplió el encargo, la señora pudo llorar y se alivió al punto de brindarle una magnífica sonrisa. Teresa ha cumplido labores en hogares de ancianos en Lausanne, en el Centro Bel Air de Psiquiatría de Ginebra, en un hogar de ancianos y en el Centro Salomón Klein, de Cochabamba, entre muchas otras experiencias.
No es su primera incursión en las letras pues en 2006 presentó Encuentros y Resonancias, autobiografía que fue presentada en el Salón del Libro y de la Prensa, en Ginebra, publicada por Editorial Albatros en español, francés e inglés. En Bolivia editó Poemas de vida y Más allá de mí misma (2009). El Senado Nacional le concedió la Medalla Bandera de oro en 2009 y un año después recibió el Premio a la Inspiración Poética concedido por el Comité Departamental de Clubes del Libro de Cochabamba.
MELO TOMSICH
La historia de la danza en Bolivia tiene un referente mayor en esta valerosa cochabambina que fue maestra de muchas generaciones y hace 32 años que mantiene el Estudio de Danza Contemporánea Melo Tomsich. En octubre de 2010 recibió la condecoración de la Encomienda de la Cruz del Sur a la Docencia, que otorga la Confederación Interamericana y el Consejo Mundial de Profesionales de Danza, durante el Quinto Forum Mundial de Danza, en Buenos Aires. En el evento, fue nominada como Maestra de Maestros. La distinción fue entregada por Rodolfo Solmoirago, presidente de la CIAD y María Elena Markendorf, secretaria de la Federación Argentina de Profesionales de Danza.
Es bailarina, profesora y coreógrafa de danza contemporánea, con estudios superiores de danza clásica, moderna y contemporánea a cargo de célebres maestros en Bolivia, Perú, Argentina, EEUU y Europa. Ha desarrollado una técnica propia (la técnica de los encuentros), ha diseñado coreografías para más 100 obras y hace 40 años que enseña y difunde la danza contemporánea en las áreas terapia, educacional, escénica y profesional. Es fundadora de la Academia y la Compañía de Danza Contemporánea Melo Tomsich.
La distinción mencionada le fue concedida“por su excepcional trayectoria como pionera de la danza contemporánea en Bolivia”. El tema del Foro fue“La danza y los medios concretos y efectivos de inserción en la sociedad” y Melo Tomsich dio una disertación sobre “La libertad y creatividad: pilares fundamentales de la danza contemporánea en el aquí y ahora”. La Asociación la designó jurado mundial de Danza.
 La coreógrafa inició sus estudios en 1960. En 1973 se inició en la docencia en el Ballet Folklórico de Mario Leyes. En 2010, la periodista Sandra Arias le hizo una entrevista. La maestra Patricia Aulestia buscaba en Bolivia alguien que integrara su Libro de los Pioneros de la Danza en Sudamérica. A pedido, Melo envió información en texto e imagen y documentó teóricamente el fundamento de su nueva técnica que consta de 16 tomos, “pero se puede resumir en el trabajo con base al movimiento a partir del que se concibe la forma y, al hacerlo, también se concibe el ritmo.
Su diagnóstico sobre la danza contemporánea en Bolivia:  “Se nota la influencia del estilo europeo porque los bailarines hacen teatro, música; pero de danza se ve muy poco en la forma poética que el arte lo requiere. Yo amo la danza, está en mi piel, en mi mente y la nueva técnica que desarrollé se basa en sentir la danza aquí y ahora, con una mezcla de creatividad y libertad”
Se llama Carmen Amanda Tomsich Cozzi; nació en Cochabamba el 15 de junio de 1948. Es hija de Andrea Tomsich y de Dora Cozzi d’Nicola, italianos. “Los hijos somos bien bolivianos”, añade Melo. Don Andrea fue invitado en 1917 por el gobierno nacional para construir aviones militares; había tenido una experiencia similar en Argentina y logró sobrevolar el Altiplano boliviano con un avión de su factura. Luego se estableció en Cochabamba, junto al Parque Zoológico, en una calle que todavía se llama Pasaje Tomsich (aunque luego la hayan denominado Tte. Morales). Tuvo 5 hijos: Lila Ángela, Giacomo, Justine Margarita, Ana Marieta y Carmen Amanda. Una plazuela lleva el nombre de Margarita, por su múltiple actividad de voluntaria, sobre todo en el Comité Pro Mar.
Melo estudió en el Instituto Americano; se inició en la danza a sus 7 años con la maestra Lila Arzabe de Irigoyen; partió al Perú al filo de los 18 años y recorrió varios países estudiando danza clásica, moderna y contemporánea.
SYLVIA FERNÁNEZ SÁNCHEZ

Sylvia es lo más importante que tiene Bolivia en la danza, usual en una familia que tiene un músico como Agustín o una periodista como Myrtha, para hablar solo de tres de los hijos que tuvo el matrimonio de Myrtha Sánchez y Agustín Fernández. Como muchos destacados artistas, Sylvia se educó y fue docente en el Instituto Eduardo Laredo. Hoy es Profesora en Danza Moderna/Contemporánea en FED - Formation d´ Enseignantes en Danse – Bélgica; e International Resident Choreographer: Carolina del Norte – EEUU. En Bolivia, es creadora de espacios de formación y difusión en danza, como Espacio Arte Vidanza, que en estos días se va de gira a los Estados Unidos.
Una vida dedicada al arte, ha tropezado, sin embargo, con problemas que Sylvia sintetiza en los siguientes: Falta de profesionalización  para el ejercicio de la danza; falta de oportunidades de formación, crecimiento y proyección  para jóvenes  artistas de la danza contemporánea; falta de constancia en los artistas jóvenes; falta de valoración del artista como un profesional; falta de políticas culturales y falta de público formado para apreciar el arte contemporáneo, entre otros. En vía de solución, Sylvia creó la especialidad curricular de danza contemporánea en el Instituto Laredo, con derecho al título de técnico medio/superior en la especialidad y trabajó durante 14 años como docente del Instituto. En lo personal, una vez obtenido el título de Licenciada en Pedagogía quizá únicamente como requisito, pudo profesionalizarse en Bélgica;  y ya en ejercicio, aprender a crear y ser gestora de proyectos para que los artistas de la danza pudieran gozar de salario por el ejercicio de su profesión, entre otros el Proyecto EDUCARTE, que implantó 10 talleres de danza en escuelas públicas de Cochabamba y 13 en La Paz con 900 estudiantes. El Proyecto permitió que los bailarines de VIDANZA pudieran ganar salarios por su labor docente. Una proyección especial tuvo el Proyecto CONSTRUYENDO PUENTES, que actualmente forma bailarines en la ciudad de El Alto. Son proyectos financiados por la cooperación internacional, que garantizan la continuidad en la profesionalización y la labor docente de los bailarines de VIDANZA. “Busco incansablemente oportunidades para los elencos con los que trabajo que intencionalmente son diversos  así como nuestra población diversa. No busco más que generar para los jóvenes bailarines oportunidades que yo no tuve y luchar por que acorde al artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el acceso al arte y cultura es un derecho universal”, resume Sylvia y destaca que por primera vez haya un representante de danza contemporánea en la Asociación de Artistas de la Danza (ASODANZ) en La Paz.
Su nombre completo es Sylvia Lourdes Fernández Sánchez. Nació en Cochabamba el 29 de agosto de 1961. Su esposo es Juan Espinoza Del Villar y tiene dos hijas: Dian Ewel Fernández y Aizea Ortego Fernández.

MARLEN GUZMÁN ALVARADO
Su carrera musical y docente en Europa confirman el espíritu con que fue creado el Instituto Eduardo Laredo, de donde salió bachiller en 1987 y fue becada por el Estado ruso para estudiar Pedagogía de la Música en la "Escuela superior adjunta al Conservatorio Tchaikovsky de Moscú" durante 5 años, en la especialidad de Teoría de la Música. A su retorno, dio clases de piano y lenguaje musical y fue jefe de estudios de las materias teóricas en el Instituto Laredo; enseñó en la Escuela Musart y tocó piano en la Orquesta Municipal de Vientos, dirigida por Koichi Fuji; fundó el coro de niños del LAB y en 1999 la Cooperación Española le otorgó la Beca Robert Stevenson, para realizar el posgrado de Musicología en el "Real Conservatorio Superior de Música de Madrid", durante 3 años, de donde salió como Profesora Superior de Musicología. Ingresó al programa de Doctorado de Musicología de la Universidad Complutense y obtuvo su Diploma de Estudios Avanzados en 2005. Aquel año, su profesora y tutora del Doctorado Marta Rodriguez Cuervo, sugirió el nombre de Marlen para concursar su ingreso como docente a la Escuela Superior Reina Sofía, en Madrid, donde hoy es profesora de Educación Auditiva junto a docentes de renombre como Zahar Bron (violinista); Natalia Shakhovskaya (cellista, discípula de Rostropovich); Dimitri Bashkirov (pianista) y Marco Rizzi violinista italiano; así como Ofelia Montalbán (pianista cubana, graduada del Conservatorio Tchaikovsky de Moscú. Su trabajo en el Reina Sofía le permitió estudiar Maestría en Gestión Cultural en la Complutense y fue recomendada al Conservatorio Superior de Música de Aragón como catedrática especialista en Educación Auditiva (2009-2011). “Ser catedrática especialista es lo más alto que se puede alcanzar dentro la enseñanza musical, porque permite vivir económicamente bien, educar  a los hijos, disfrutar de su familia y estar socialmente bien ubicada”, explica Marlen.
Se casó con Rubén Darío Reina Cuervo, violinista y concertista colombiano formado en el Conservatorio Tchaikovsky de Moscú, actualmente violinista de la Orquesta de Radio y Televisión Española, con amplio prestigio en España y América Latina. Rubén Darío dirigió el Coro de la Asociación de Mayores de la Universidad Complutense (2005-2007).
Se llama Miriam Marlen Guzmán Alvarado. Nació en Cochabamba el 26 de septiembre de 1969. Tiene dos pequeños hijos: Leonardo y Gabriel Reina Guzmán. Entre sus hermanos, Augusto Guzmán estudió en el mismo Conservatorio de Moscú, actualmente dirige la Orquesta Filarmónica de Cochabamba y es docente del Instituto Eduardo Laredo. 


MARCELA MÉRIDA
Pintora, escultora y ceramista de amplia labor docente, Carmen Marcela Mérida Coimbra fue reconocida en 2010 por treinta años de actividad artística. Marcela nació en Cochabamba en 1955; es hija de Humberto Mérida Vargas y Selva Coimbra de Mérida, Estudio en el Colegio Santa Teresa, el Colegio Irlandés, la Universidad de Bellas Artes de Córdoba, Argentina; el Instituto Statale de Arte de Faenza, Italia, donde fue becada, y el Penland Institute, de Carolina del Norte, donde la OEA la becó para estudiar Maestría en el período 1999-2004; por último estudió con el ceramista Fernández Chiti. Sus dos primeras exposiciones fueron en Córdoba (1981) y en Cochabamba (Galería de arte Candalixa, 1982). Ha trabajado con la organización de mujeres del Banco Iberoamericano de Desarrollo (BID) y ofrecido exposiciones con ese trabajo conjunto, la última en Washington (2009). Trabajó con la Aldeas SOS en la formación de promotores de cerámica y dando clases de pintura como terapia ocupacional. Su esposo es Antonio Chávez y tiene dos hijos: Nicolás y Mairaly. En 2009, Paola Terán escribió en este matutino: “Ha recorrido prácticamente un camino solitario en el arte, ya que en Bolivia las mujeres artistas no se agrupan, no llega a destacarse. Pero para Marcela se trata de luchar, ’’pelearla’’, como dice ella. Para ella todas las mujeres tienen mucho que decir, pues el mundo interno de una mujer es maravilloso”. Wilson García Mérida cita una revelación de Marcela: “El mundo real siempre me ha conflictuado, vivo otro tipo de realidad dentro de mi vida, captando el ser humano en su sensibilidad más que en su angustia de existir: Soy más benévola con el mundo, antes era muy peleadora, de choque, pero ahora entiendo más la vida y al ser humano”.
CARMEN ROSA ANTEZANA

En vida de Gíldaro Antezana había un añoso eucalipto al centro de la avenida Juan de la Rosa y el artista había construido en esas alturas un nacimiento que parecía dibujado en el aire. La avenida era casi un camino rural y allí el artista tenía su casita, que compartía con su esposa, doña Carmen Rosa Antezana, y con sus hijos e hijas. Cierta vez los visité y pude conocerla, pero la vez más próxima fue en Totora, donde se dieron cita como 40 pintores del país para rendir homenaje a Gíldaro en la Casa de la Cultura de esa bella ciudad republicana (que no colonial, como se suele decir).
Esta noble señora acompañó al artista con especial abnegación; siguió su carrera ascendente y contribuyó a la formación de sus hijos, también artistas, entre ellos nuestro buen amigo David Darío Antezana.
Juntos viajamos a Totora y allí hubo un coloquio inolvidable sobre el autor de los Caitanos, además de una retrospectiva importante. Un amigo entrañable de la pareja, Ricardo Pérez Alcalá, contó pasajes de la vida de Gíldaro, en presencia de doña Rosa, de David Darío y de las hijas de la pareja.
El periodista Wilson García Mérida registró testimonios sobre la pareja. “Rosa, Rosa, despierta, acabo de soñar un hermoso cuadro” irrumpía la voz del artista a las tres de la madrugada, y en aquel sobresalto de genialidad su mujer despertaba con él para ayudar en el menester de atrapar la imagen onírica en el lienzo. Así solía crear Gíldaro Antezana, presa de una compulsión casi fisiológica que produjo una obra tan vasta, orgánica y vital hasta hoy insuperable.
Carmen Rosa, la esposa de Gíldaro, nos abrió las puertas de su hogar junto a sus hijos Lilia y David Darío. Evocamos en el seno familiar la memoria del artista plástico descubriendo un mundo de ternura insospechada; y lo descubrimos a él mismo en una dimensión auténtica, la de aquel niño nacido en el cantoncito ayopayeño de Chinchiri  en el invierno de 1938.
“Conocí a mi esposo cuando él tenía once años y yo nueve” —recuerda Carmen Rosa Antezana—. “Él había llegado a la ciudad cuando terminó la escuela rural, cumpliendo ocho años de edad, una vez que aprendió a leer y escribir. Como en Chinchiri no había colegio secundario, decidió venirse a la ciudad para seguir estudiando; sus padres no lo permitían porque era muy pequeño y entonces optó por escaparse acompañando a unos arrieros, se vino caminando 90 kilómetros y llegó a vivir con su hermano mayor en la misma casa alquilada donde yo moraba con una tía, en un barrio por la avenida Siles”.
¿Y dónde estaba el Gíldaro Pintor?, preguntamos a doña Carmen Rosa…
“Ese Gíldaro no existía sino sólo cuando mi esposo, que rebosaba de una hiperactiva creatividad en todo su ser, sintió la necesidad de canalizar esa energía a través del arte plástico y el camino directo resultó ser la pintura. Como todo lo que salía de sus manos fascinaba a la gente, se le ocurrió elaborar tarjetas de navidad hechas a mano que también tuvieron un inesperado éxito de ventas. Al ver que le iba bien en esa nueva actividad, me dijo: ‘Rosa, quiero estudiar, me hace falta dominar las técnicas para desarrollar mi arte’; y entonces se inscribió en la Escuela de Bellas Artes a comienzos de los 60 y estudió cinco intensos años. Apenas dominó las técnicas pictóricas, comenzó a ganar premios y a descollar en el ambiente artístico en muy breve tiempo. Recuerdo entre sus primeros coleccionistas a don César Moscoso y al embajador Enrique Sánchez de Lozada, entre muchos otros. Entonces cerramos la talabartería”.

ELENA ARZE DE ARZE
A Elena Arze de Arze la conocemos por la existencia del Liceo de Señoritas que lleva su nombre, porque era madre de José Roberto Arze, académico de la Lengua y de Historia y porque era hermana de José Antonio Arze, introductor del marxismo y fundador de la Sociología en Bolivia.
Precisamente nuestro buen amigo José Roberto publicó un folleto en el 60º aniversario de la fundación del Liceo, con apuntes evocativos sobre doña Elena. Augusto Guzmán detacó su labor de educadora en su Monografía de Cochabamba. Por ellos sabemos que nació en esta ciudad el 2 de febrero de 1908 como la segunda de seis hermanos: José Antonio, Elena, María Antonieta, Hortensia, José Alberto y Jorge Alfredo Arze Arze, hijos de José Tristán Arze y de Arminda Arze Virreira, del frondoso clan Arze, que se estableció en Tarata y fundó un apellido ilustre en Bolivia, que tuvo como tronco a Esteban Arze y a dos hijos: Fernando y Esteban Arze, el héroe de la Independencia. Doña Elena descendía de Fernando.
La vocación por el Magisterio se remonta a la infancia de doña Elena, pues su padre era administrador de una hacienda y subprefecto de Ayopaya, donde fundó una escuela de primeras letras. No fue casual que José Antonio se convirtiera en ideólogo marxista y fundador de un partido político importante, pues la familia cultivaba un grado elevado de integridad intelectual y moral y de conciencia social, que obraría en el ánimo de doña Elena cuando salió bachiller del Liceo dirigido por Adela Zamudio y se inclinó por el Magisterio.
En 1932, como flamante profesora de Literatura, se estrenó en el Liceo Pantaleón Dalence, de Oruro; luego en el Liceo Venezuela, de La Paz, donde permaneció hasta 1946. Para entonces, tal como los hermanos Arze y Anaya, doña Elena había adoptado las ideas marxistas de su hermano José Antonio y asumido las tribulaciones de la familia cuando lo hirieron a bala en julio de 1944 y, dato histórico, le fue administrada la primera ampolla de penicilina que llegó a Bolivia.
Sobre sus méritos pedagógicos, José Roberto Arze destaca los métodos activistas que usó para estimular la lectura directa de obras clásicas y modernas. En 1947 fundó el Liceo Cochabamba, que hoy lleva su nombre como justo reconocimiento a la devoción que tuvo por la obra de su creación y que la llevó a la tumba cuando alumnos y profesores luchaban por obtener un inmueble propio. Doña Elena murió el 15 de junio de 1958. Dejó editado un libro: “Bases para una metodología activista de la enseñanza de las lenguas y, en especial, del castellano” (UMSS, 1957). Se casó con Ulises Arze y tuvo tres hijos: Hugo, Arturo y José Roberto.

MARIE FRANCE TRIGO
Es la única mujer boliviana que fue condecorada con la Legión de Honor, de Francia, por su labor pedagógica y de difusión de la cultura de ese país a través de la Alianza Francesa. Se casó con el Ing. Fernando Arteaga y hoy goza de la estima y el cariño de Cochabamba, ciudad donde permaneció toda su vida, siempre al servicio de la educación y la cultura.

GABY VALLEJO
Es una escritora consagrada en el país y en el exterior, donde también se valora su labor docente como Directora de la Biblioteca Thuruchapitas y como cultora y promotora de la literatura para niños. Ha publicado 37 libros en narrativa y teatro, de los cuales su novela Hijo de Opa fue la base del guión de la película Los Hermanos Cartagena, de Paolo Agazzi. Es una de las escritoras más conspicuas de la llamada Galaxia Guttentag.
Le envié un cuestionario y me contestó con un texto que me tienta reproducir tal cual: “Las respuestas. Otras ni la he tocado por irrelevantes para mi vida. El mayor desafío: ser una madre huérfana, vivir sin mi hijo. Américo murió a los 21 años, era músico. No obstante los años, no cierra la herida. Luego, el desafío permanente, ubicarme con fuerza en el sitio que he elegido: ser escritora en una sociedad machista. La sociedad boliviana es en general machista, disfrazada de moderna que equilibra los derechos de hombres y mujeres. En la realidad, cotidianamente, se percibe que no se ha superado el machismo. Por eso, digo, “ubicarme con fuerza en el sitio que he elegido”. Es una batalla invisible , pero la voy sosteniendo constantemente con mis artículos de prensa, los personajes de  mis novelas, mis cuentos, mis intervenciones públicas. Tengo un libro titulado ”De toros y rosas!”, una sutil manera de penetrar en el manejo de  lo masculino y lo femenino en los  personajes de los cuentos y en el pensamiento occidental, por tanto boliviano. Un libro que debían haber leído y discutido  los alumnos y padres del Colegio “Bolívar”.
Se llama Mercedes Gaby Vallejo Canedo; nació en Cochabamba el 24 de septiembre de 1941, hija de Óscar Vallejo Guevara y de Carmela  Canedo  Arze, ambos tarateños, que tuvieron cinco hijos: Gaby, Bethy, Martha, Óscar y Ramiro. Sus hijos son: Huáscar  Bolívar Vallejo (42, arquitecto y músico, Doctor en Urbanismo por la Universidad Federal de Río de Janeiro) y Grissel Bolívar Vallejo (41, comunicadora social con varias maestrías en Europa).

Es docente de lenguaje y Literatura graduada en la Normal Católica; es Licenciada en Pedagogía por la UMSS; Fundadora del Comité de Mujeres Escritoras del PEN - .Bolivia,   de la Biblioteca Thuruchapitas, del Taller de Experiencias Pedagógicas, del IBBY –Bolivia y de la Asociación Boliviana de Lectura. Ha sido Presidenta de la Fundación Cultural “Nuevos Horizontes”  y varias de sus obras narrativas han sido adaptadas al teatro. Dos escritores han influido en su vida: la escritora cubana-francesa Anais Nin  y el escritor boliviano Jesús Lara, a quien conoció personalmente.


MAGALY ARANDIA RICO
Es maestra de Literatura y autora de Tras las huellas del Texto y de Esa palabra que habita en nosotros, dos libros valiosos sobre la enseñanza del tema. Su vida pudo ser apacible si no se enfrentaba a la agitada vida política del último medio siglo XX, una época llena de dificultades para la familia de su esposo, Augusto Jordán Quiroga, que ella encaró con tenacidad y decisión.
Se llama Magaly  Arandia Rico de Jordán (65), nació en Cochabamba un 14 de abril, es la tercera de siete hijos de José E. Arandia y Rosa Rico. Se casó en 1970 y pronto construyeron un hogar propicio a la docencia y la lectura, ella como profesora graduada en la Escuela Normal de La Paz en la especialidad de Literatura y Lenguaje y él como abogado y docente de Derecho en la Universidad de San Simón y la Universidad Católica. En ese clima crecieron sus hijos: Xavier, comunicador social, escritor y docente, y Óscar, filósofo y poeta. Un ambiente propicio a la investigación y a la escritura.
“Recuerdo el 4 de mayo del año 72 (dictadura de Banzer), Xavier de seis meses sentado sobre las rodillas de su padre, que estudiaba para defender su tesis de grado ese día. Alguien con toques extraños en la puerta me anunció que se tenía previsto detenerlo esa noche. Pánico y sólo el silencio nos persiguieron esos años hasta la época de García Meza; escenas como las del 4 de mayo se repitieron innumerables veces: la muerte de amigos entrañables y la cárcel y los enfrentamientos que sellaron por siempre los seres que ahora somos”, resume Magaly. “Viví medio siglo XX y recorrí las grandes transformaciones históricas, sociales, políticas  y económicas del país. Presencié: inundaciones, sequías, el  verdor de la tierra, el olor a pan recién horneado,  revoluciones, dictaduras, democracias, pero nada me marcó tanto como el miedo y el olvido de las épocas dictatoriales. Estas vivencias, fundamentalmente, consolidan mi visión del mundo y mi vocación al servicio de la niñez y la juventud estudiosa”, agrega.
Trabajó como maestra en Ucureña y Sacaba, en el Colegio René Barrientos y en el Liceo Elena Arze de Arze; en la UMSS y la U Católica; y desde hace seis años es Coordinadora pedagógica del Centro Simón I. Patiño.
“Son 44 años que de forma incansable me dedico a la mayor fascinación que tengo en mi vida: enseñar, investigar sobre la lengua y su funcionamiento,  sobre los procesos de la lectura y escritura, sobre las falencias de la enseñanza en esta área”, dice Magaly.
Junto a otras pedagogas escribió Metodología de lectura de textos, Tras las huellas del Texto y Esa palabra que habita en nosotros (2007) sobre estrategias de comprensión, análisis e interpretación de textos, que difundió desde 2006 el Centro Simón I. Patiño a más de un millar de profesores capacitados en la construcción de un pensamiento, reflexivo, analítico, crítico y creativo. “Este es mi orgullo y desafío profesional”, sostiene Magaly.
Describe a su hijo Xavier como docente exitoso universitario y escritor. “Su pluma es acida, fuerte y profunda en el tratamiento de temas de la realidad social y política del país”; y a Óscar Eduardo: “Tiene una página web donde publica sus poemarios. Trabaja en el matutino Los Tiempos”. Tiene cuatro nietos: Santiago, Camilo, Sebastián y Mateo.
“Esa soy yo, una simple mortal con sus grandes debilidades y algunos aciertos  que recorro más de medio siglo de vida con mis temores y mis fantasmas de ayer y de hoy, que miro con mis ojos incrédulos y solitarios esta llanura llena de árboles y de hojas, esta ciudad escondida en la inmensidad de Dios donde hube de nacer”, concluye.

MARTHA CHAVARRÍA
Más del 60 por ciento de nuestra población son inmigrantes bolivianos. Es el caso de Martha Chavarría Sanabria (34), integrante de la Asociación Ulala, que nació en el cantón Tacobamba, provincia Cornelio Saavedra del Departamento de Potosí y estudió hasta 4º básico. Tenía 16 años cuando inició su peregrinación por Sucre, Santa Cruz y el Trópico de Cochabamba, repartiendo su tiempo entre el trabajo precario y la capacitación en ramas técnicas para trabajar con negocio propio. En 2003 formó su hogar en Cochabamba, comenzó a trabajar en la guardería del  Centro de Capacitación Técnica Laboral y Microempresarial Sebastián Pagador dependiente de IFFI (CECAMISPA), recibió capacitación y es educadora. Estudió asimismo repostería, confección industrial y tejidos, hasta encontrar su verdadero oficio en el rubro textil. El esfuerzo fue largo y agotador, pues debía complementarlo con la atención del hogar y y el cuidado de sus dos hij@s.
Hoy es Vicepresidenta de la Asociación de Mujeres Productoras ULALA, que exporta prendas tejidas a Estados Unidos, y ha sido representante en ferias locales, nacionales, internacionales y mundiales, como la Feria Mundial de la Artesanía (Brasilia-2008). Los fines de semana apoya a su esposo, que es constructor, en instalaciones eléctricas. En febrero de 2012 ha sido elegida representante de la Red Nacional de Mujeres Emprendedoras – Regional Cochabamba, en mérito a su integridad, honestidad y transparencia. Es elocuente la opinión enviada por el IFFI para este contacto valioso: “Con su trabajo productivo aporta a su hogar, a Ulala, al país. Con su trabajo reproductivo aporta a la estabilidad de su hogar, la educación de sus hij@s y a la sociedad. Siente que avanzado pero que queda mucho camino por recorrer, mucho que aprender y hacer”. Junto a RICOMIDA, la Asociación Ulala es parte de la Red Nacional de Mujeres Emprendedoras.
OLGA GANDARILLAS
Gracias a Patricia Rico tenemos la siguiente entrevista a doña Olga Gandarillas Velarde. “Nunca milité en ningún partido, pero soy una activista terrible. No tengo miedo a nadie, nunca he tenido miedo, más bien a mí me han tenido miedo los Alcaldes y Prefectos, porque así chiquita como me ven soy capaz de todo. Cuando algo están haciendo mal y yo si me comprometo con algo nada ni nadie me detiene. Lucho contra todo tipo de injusticias y sobre todo con la madre tierra; tengo mi huerta y ahí cuido mis arboles todos los días. Por eso mi familia desde chiquita siempre me ha dicho, ”Esta es tataranieta calcada de la Manuelita Gandarillas, la que peleó en la Coronilla”. Era mi familia!, de ahí vengo yo”, sostiene doña Olga.
Se llama Olga Gandarillas Velarde; nació en Tapacari – Lomaipata el 18 de agosto de 1924; sus hermanos son: Emilio, Guido, Ángel, Eduardo y Amanda. Desde chica crió a sus hermanos menores por la muerte de los padres. Se graduó en un Instituto como maestra de Labores y ejerció por más de 30 años.
“Tengo muchos premios, diplomas de honor y distinciones, por varios aportes a mi comunidad. Algunos son, la defensa del Bosquecillo de Tiquipaya, porque soy ecologista renegada,  tuve que echarme en el suelo delante de la topadora y decir que me maten antes que arrancar los árboles, ahí me quedé  echada varias horas, solo me levante cuando se anuló la orden  de cortar los árboles. Ahí puedo mirar las Canchas del rio Kora, que he defendido. He trabajado para construir el Hospital de Tiquipaya, hacíamos  pan chamillo para vender y comprar cemento y ladrillos. Hicimos construir la Casa del Adulto Mayor y así otras obras más chicas para nuestro pueblo”, sostiene doña Olguita. “Recuerdo la Guerra Civil, los soldados pasaban por mi casa. Mirábamos de la puerta  y les dábamos tostado de maíz chuspillo. Recuerdo el tranvía, con un pesito una paseaba desde Cochabamba a Quillacollo, tomando helados de canela. Recuerdo que después de la Reforma Agraria, mi padre entrego sus tierras a los colonos y los tituló a todos; de ahí, sembraban juntos a riesgo compartido. Paz Estensoro me hizo llamar al Palacio de Gobierno después de la revolución del 52, en la que lamentablemente no pude estar porque estuve trabajando en Brasil, y cuando llegue había una inmensa multitud. Como soy chiquita entré gateando entre las Barzolas, mujeres temidas y luchadoras de esas épocas”, recuerda doña Olguita.
    
ANA GAMBOA

Anita Gamboa, hasta hace pocos meses aún dirigía a esa prole de “canillitas”, enseñándoles el trabajo, el emprendimiento y el buen ejemplo, según la nota que me envió Carlitos Heredia. No sabía leer y escribir pero ya repartía El País y El Imparcial, en los años 40 del siglo pasado. En la sesión de honor del Bicentenario del 14 de septiembre ha sido declarada Ciudadana Meritoria por el Concejo Municipal. Es proverbial su memoria para recordar a directores, distribuidores, nombres de los medios y tirajes de cada edición. A sus 8 años acompañaba a su padrastro no vidente en la venta de diarios.  Luego viajó en tranvía a Quillacollo y al Valle Alto y durante años ayudó a compaginar y doblar los periódicos cuando se imprimía en prensa plana.
Cuenta que vivió con sus padres en la casa de los Vargas (25 de mayo y Ecuador). Allí su abuelita era criada y su mamá hacía chocolates en una labor sacrificada de sus padres que se amanecían moliendo chocolate. Viendo esto, Germán Vargas, gerente de El País, la inició en el oficio de “canillita”, primero como lazarilla de su padrastro, y luego ya sola. “Me gustaba cuando llovía andar bajo la lluvia, mis periódicos los envolvía en cartón y chacoteaba con el agua por las aceras. Otros juegos de niña no he tenido, simplemente porque no había tiempo para los juegos”, le cuenta a Heredia. El tiempo que la familia vivió en Quillacollo, Anita venía a Cochabamba a las 3 de la mañana para recibir Los Tiempos junto a los trabajadores de la Warrant, hoy YPFB. “Una vez hice perder la plata de la venta de toda una semana. Cuando me tocaba el turno de vender en el Valle Alto, toda mi venta de martes a martes, porque me pagaban semanalmente, lo puse en el bolsillo de mi mandil, me quedé dormida en el colectivo, y me han robado. Ese día ha sido el más desgraciado, no había con qué pagar al día siguiente los periódicos. Le he rogado al distribuidor para pagarle poco a poco, y con la orden de Don Carlitos Canelas he pagado poco a poco”, recuerda.
El País tenía sus oficinas y talleres en la Ecuador entre Baptista y Ayacucho, bajo la dirección de Porfirio Díaz Machicao y la gerencia de Germán Vargas. Editaba 700 ejemplares en prensa plana. “Eran tiempos duros”, recuerda doña Anita. El Diario de La Paz llegaba en tren a las 7 de la noche y el distribuidor era Don Julio Lara en la 25 de Mayo entre Sucre y Jordán. La mayor venta se realizaba a la salida del cine: 500 ejemplares para 25 “canillitas”. Anita ayudaba a sus papás, que trabajaban en la fábrica de chocolates, y juntos vendían periódicos, y por las tardes estudiaba en la Escuela Sara Ugarte de Salamanca. “En ese tiempo decían que las mujercitas sólo tenían que saber leer y escribir y no necesitaban más, fue por eso que solo asistí hasta el quinto curso de primaria, después era a vender periódicos”, cuenta Doña Anita. Tenía 16 años cuando se fundó el Sindicato de Canillitas de Cochabamba en la actual Plazuela Busch y a sus 22 años fue Secretaria de Actas del Directorio. El de “canillita” era un oficio hereditario, como los puestos de venta, que eran negocios familiares. Sobre el Hogar de la Avenida Heroínas, dice que allí era la Escuela Facundo Quiroga. “Al ver que la mayoría de los que vendían periódicos en esa época eran no videntes, y como no tenían casa cerca dónde vivir, cuando finalizaron las clases en noviembre, Carlos Bustos, el Secretario General del Sindicato inició los trámites de expropiación. Era una casa grande, al fondo, una especie de caballerizas, hasta un patio les hemos dado prestadito al Colegio Brasil. Me recuerdo que como era escuela, Caritas repartía leche, nuestras mamás por turno hacían hervir, nosotros veníamos a recoger en jarritas”, recuerda doña Anita. Hoy viven en el Hogar unas 20 familias porque FONVIS construyó viviendas en Coña Coña, donde emigraron muchos antiguos moradores. Sobre el régimen interno, recuerda que siempre hubo armonía, que el Sindicato ponía normas y turnos, y que las fiestas eran colectivas, como la del 6 de agosto, la de la Virgen de Copacabana, patrona del Sindicato, cuya imagen fue obsequiada por un “canillita” que vino de La Paz.
Doña Anita vendió El País y El Imparcial, El Mundo, Extra, Informática, El Sol y otros diarios locales, y de La Paz, el más antiguo El Diario. Como herencia de sus padres, instaló su puesto en la General Achá, bajo los aleros del cine Rex, donde también vendía revistas hasta que un incendio lo destruyó. Luego se trasladó a la esquina del Correo, en la General Achá y Junín; luego a la Plaza Pirncipal, y hoy atiende en el portal del Hogar de los Canillitas. Recuerda como clientes a ex Presidentes, Prefectos y Alcaldes y otros caseritos que llevan el periódico al fiado. Todavía hoy madruga a las 5 de la mañana para hacer cola y pagar de la venta del día anterior.
Tiene 6 hijos, 13 nietos y 7 bisnietos. Recuerda a la juguetona Victoria Jaimes y a la renegona Micaela Velásquez, la cueca que bailó con el entonces coronel Banzer y al Prefecto Milivoy Eterovic. “Nos llaman canillitas porque nosotros voceamos los periódicos. Voceador es el que grita:¡Quillacollo, Quillacollo, Quillacollo!, ¡Naranjas, naranjas, naranjas!!!, esos son los voceadores. Estoy orgullosa de ser canillita junto a toda mi familia”, explica doña Anita.
Nació en Cochabamba el 2 de abril de 1935; su madre fue Benedicta Gamboa y su padrastro, Jacinto Guevara. Sus hijos, entre Gamboas y Ocaña, son: Gastón, 56 años (gráfico); Rosario, 52 (canillita); María Luisa, 50 (canillita); Tania, 47 (becada en Italia): Orlando, 40 (técnico fabril) y Janet, 38 (canillita). “Pero, entre los canillitas a los que ha cooperado en su subsistencia, hay más de una decena que han compartido de la misma olla que sus hijos. Les ha dado alimentación, vestimenta, comida y, el calor materno que falta al desamparado; entre ellos, Guido, Fredy, Mario, el Gallo, el Camba, José y muchos más que, en Anita Gamboa tienen  a su protectora”, comenta Carlitos Heredia.

Un dolor muy grande fue para doña Anita la pérdida del más querido de sus nietos, Oliver Fernández, jugador del Wilstermann y del Aurora, fallecido hace seis meses. Tenía 27 años, 2 huérfanos y una carrera deportiva de mucho éxito por delante.

INÉS LÓPEZ
Toda la mañana, desde muy temprano, la veo trajinar en El Prado luego de vender los periódicos en un puesto ubicado en la esquina Reza, junto al edificio del Rectorado de San Simón. Se casó con Cirilo Pardo, que trabajaba vendiendo periódicos desde sus 12 años, como muchos bajo la protección de doña Anita Gamboa; pero cuando tuvo que dar el sustento a sus cinco hijos, se instaló en esa esquina, cuando funcionaba el Banco BIDESA, y vendió periódicos. Sus hijos son: Carolay, Alejandra, Natalie, Mauricio y Kevin. Es canillita desde hace 17 años. Su esposo y padre de sus hijos había comenzado con el oficio desde muy chico, con el auspicio de doña Anita Gamboa, y ahora merodea en bicicleta la misma zona y persiste en ese noble oficio. Ella se llama Inés López. Dice que antes vendía pollos en el Mercado y que desde chica se dedicó a la venta de verdura, ropa, pan en la época de la UDP, lo que fuera. Se inclinó por la venta de periódicos por las necesidades crecientes de su hogar.
MÓNICA AGUILAR DE LA ZERDA
Es un encanto trabajar con ella, siempre alegre y sonriente en las numerosas ceremonias de la Universidad de San Simón, donde dirige el Protocolo. Su vida no ha sido fácil, pero se ha impuesto a los problemas y es un ejemplo de entusiasmo y entereza para nosotros, sus compañeros de trabajo. Se llama Dayana Mónica Aguilar de la Zerda; nació un 24 de agosto, día de la Virgen de La Bella, de Arani; sus papás se llaman Juan Carlos (+= y Cristina, y tiene dos hermanos: Juan Carlos y Joana; su esposo es Marcelo Rodríguez Castillo y tiene tres hijos: Killa, Sebastián  y Rebeca. Estudió en el Colegio Loyola y el Colegio Cristo Rey y se graduó en Comunicación Social en la U Católica. Desde muy joven mostró su vocación por la danza folklórica y la expresión corporal; a sus 10 años bailó en la Fraternidad Los Moyos, que llevaban indumentaria del Norte de Potosí y luego en los Caporales. A sus 18 participó en un videoclip con Los Kjarkas, la invitaron a participar en el cuerpo de baile y de ese modo inició giras por dos años. “Me embaracé, no estaba casada, tenía 20 años y mi familia, sobre todo mi papá, era muy conservador. Por eso me mandaron a Santa Cruz y pasé esos meses solita, pero mi niña (Killa) nació aquí. Yo era rebelde, no quería dejar al papá de mi hija y tenía a mi familia en contra. Cumplí los 21 años y no había estudiado hasta entonces; pero pensé en mi futuro, y me matriculé en la U Católica. Iba con mi guagua a pasar clases. Mis compañeros y los docentes la conocían. De ese modo salí profesional”, recuerda Mónica.
“Luego volví a encontrarme con un compañero de curso en el Loyola, que había terminado sus estudios de Ingeniería Industrial en los Estados Unidos y fue un amor a primera vista. Hoy somos casados hace 8 años, tengo dos hijos más y Marcelo es una persona maravillosa”, concluye Mónica.

SILVIA HERNÁNDEZ STEINBACH

Es duro conquistar una profesión que exige madrugar y cumplir con la disciplina característica de la Escuela Militar de Ingeniería. Esa es la rutina de Silvia Hernández Steinbach, nacida en Trinidad el 10 junio de 1986, que estudió tres años en la EMI Riberalta y 2 años en Cochabamba. Su abuelo, Franz Steinbach, como toda la familia naturales de Buena Vista, Santa Cruz, era el entomólogo y naturalista más importante en su tiempo, muy conocido en museos e instituciones del exterior. El hijo, Roy Steinbach, siguió sus pasos y es un talento múltiple. Silvia Tatiana es casada con Roberto Roca Vásquez y ambos defenderán pronto su tesis de Ingenieros Comerciales.


CELIMA TAPIA BLANCO
La encontré en el Pasaje de la Alcaldía, donde toca un bombo bagualero y canta junto a un pequeño balde de plástico. Se llama Celima Tapia Blanco, nació en San Isidro, antes de llegar a Cliza y es no vidente de nacimiento. Sus papás ya murieron y es mujer sola. Vive con una amiga muy débil de la vista que le dio una habitación en su casita del cruce a La Taquiña. Todas las tardes se retira en el micro A como a las 5 de la tarde; luego camina una cuadra a su casa. No tiene a nadie más, pero le disgusta la idea de que la lleven al asilo. Tiene 70 años, vive con su amiga Asteria Delgadillo, que tiene 3 hijos sanos, 2 varones y una mujer. “Me voy a morir ahí, ella me va a enterrar”, dice. Es ciega de nacimiento. “En la escuela aprendí a  caminar con bastón, no puedo trabajar en nada, soy no vidente, si me dan me dan, si no, no, no obligamos”, agrega. Su mamá murió hace 14 años; se llamaba Damiana Blanco; su papá “junto con el año se ha ido”. “Soy inocente, papito, no soy casada, mujer soltera soy, no conozco nada”.
LA SAZÓN CRIOLLA
Muchas de las valerosas mujeres expresan su talento artístico en la cocina. En el frontispicio de este capítulo figuran Nelly de Jordán, Mónica Guardia, Lucy Ávila, Elena Gutiérrez e  Irma Valenzuela.
El libro Nuestras comidas, de Nelly de Jordán, fue incorporado a la Enciclopedia Boliviana de Los Amigos del Libro, pero su primera edición fue publicada por la UMSS, que acogió a la señora Nelly como profesora de Extensión Universitaria. En él reunió las recetas que publicaba en Los Tiempos en la década del 50, luego de tener como comensales de su casa en Cala Cala a lo más distinguido de la época. Mónica Guardia publicó dos libros de consulta que resumen su experiencia como gastrósofa de fama internacional; Lucy Ávila va por su cuarto libro y alguna vez su hijo, el afamado escritor Edmundo Paz Soldán, le comentó que ella vendía más libros que él, y desde Cochabamba. Quizá pocos recuerdan la memoria de doña Emilia Gutiérrez, cuya fina repostería puebla las imágenes de mi infancia. Ella fue cabeza del clan Garafulic y en mi familia tuvimos el honor de conocerla y de saborear sus platillos y tortas debido a que su hijo mayor Yerko se casó con mi prima hermana Juana Barrón Steinbach, y los novios celebraron el matrimonio en mi casita de la Villa Montenegro. La última vez que la vi fue cuando murió mi abuela Concha. Tuve asimismo el honor de conocer a Irma Valenzuela y de saborear suculentos lapping salidos de sus manos cuando tenía un club de devotos comensales en el Prado, a la altura del actual Restaurant Suiza. Con el tiempo la visité en el pasaje de la calle Paccieri, donde se guarda tributo a su memoria, para saludar a su esposo, mi dilecto amigo Javier Pita Romero. Aun más, siendo Notario, pude asistirla en algunos trámites de una propiedad ubicada en el Chapare y veinte años después fui operado con todo éxito por su sobrino el Dr. Marcelo Smith. ¡Amada Irma! No olvidó a ninguna de sus hermanas ni sobrinos ni comensales, porque el club privado persiste bajo la sabia administración de su familia, y los lapping, cada día saben mejor. Nació un 11 de julio; se casó con Roberto Solís; enviudó y volvió a casarse con Javier Pita Romero; tuvo 3 hermanas: Mabel, Rosario y Mercedes.
MÓNICA GUARDIA GALINDO
Mónica Guardia Galindo estudió en una institución de prestigio mundial, como es la Escuela Internacional de Gastronomía y Hotelería, de Madrid, e hizo conocer sus habilidades innatas en una larga residencia en Ecuador y ahora en Bolivia. Fruto de su experiencia son dos libros anteriores: Mesa Redonda. Cocina práctica para gente de hoy (Ecuador, 2002) y El arte de agasajar (Cochabamba, 2006.
Cocinar es agasajar y no sólo renovar las energías materiales mediante la ingestión de alimentos en bruto. En la cocina hay un parentesco con la alquimia, con la mística, con la liturgia de todas las religiones; por eso el resultado puede ser una profanación o un te deum, una misa mayor. Mónica sabe que practica un arte mayor, quizá porque su abuelo fue Alejandro Guardia, maestro de escultores de la talla de Marina Núñez del Prado o Emiliano Luján. Me invitó a cenar a un templo mayor de la cocina, El Mesón de la Recoleta, donde compartimos junto a su esposo Eudoro Galindo una entrada de corazón de alcachofa realzada con una salsa blanca de mariscos, manjar que ya hubiera premiado mi paso por el Mesón, y una trucha salmonada con una capa de almendras crocantes en salsa de puerro, alcaparras, ralladuras y jugo de limón y hierbas finas; y también probé un bocado de la misma trucha rociada con un picado de albahaca sobre una base de tallarín; y me tocó un postre de crema delicadamente ácida con lágrimas de granada.
Tuve el honor de prologar la reedición de su segundo libro con un texto del cual selecciono un párrafo: “No es que desconfíe de los cocineros, pero una mujer es parte del misterio de la luna, que es madre de las aguas y de las hierbas, cuya influencia sobre los ciclos y, según dicen, el carácter de la mujer, es un conocimiento ancestral. Por eso aprecio más el arte de Mónica, porque en ella hay un misterio genésico que sólo está reservado a su género”.
EMMA QUIROGA DE QUINTEROS
La silica es un platillo que se va perdiendo, una costumbre de antes de la cual quizá no quede ni el recuerdo. Suerte que todavía se puede saborear la mejor silica en la acera sur de la Plaza Osorio, cocinada por las benditas manos de doña Emma Quiroga Balderrama de Quinteros. Ella dice que se prepara con caldo de hueso, hígado y ranga ranga picados y chorrillana, debidamene rociado con una llajua de locoto y tomate, quilquiña y suico, en la cual el ingrediente sabroso es el ají amarillo k’aspado. Lo aprendió de su madre, en Cliza, donde nació el 20 de noviembre de 1941, hija de Pastora Balderrama y de René Quiroga, que tuvieron tres hermanos: José, Emma y María Eugenia. Doña Emmita se casó en 1960 con Freddy Quinteros y tiene dos hijos: Ricardo y Ramiro. Los Quinteros son conocidos por deportistas: Edgar Quinteros formó en la Selección de 1963, campeona sudamericana de fútbol; Ramiro fue titular en el Aurora; otros Quinteros jugaron en Bolívar, Strongest, San José, 31 de octubre; Ricardo es una fiera para la k’ajcha; le dicen Choquito pero él dice que es “chuequito”.
“La silica se está perdiendo, se va a perder conmigo. La cocina es difícil, cansadora, nadie quiere ser cocinera”, dice doña Emmita, que cocina ese delicioso platillo hace 40 años, en forma personal, no con empleada.
EVANGELINA ROJAS VARGAS
Un punto de honor para doña Evangelina Rojas Vargas es la invención del Pique a lo Macho. Junto a su esposo Honorato Quiñones Andia tenían a su cargo el Restaurant El Prado, donde se daban cita numerosos comensales, entre ellos algunos pilotos del Lloyd, para quienes doña Evangelina preparaba un plato comunitario con el que solía agasajar a sus amistades, consistente en carne de res, rebanadas de chorizo, papas fritas y, sobre todo,  unos locotos cortados transversalmente para mantener su picor, que acabaron por darle apellido al plato: era un pique pero a lo macho, que propiciaba el consumo de cerveza para ahogar la picadura.
De allí se trasladaron a su local propio (calle Tarija Nº 1314) y abrieron el Restaurant Miraflores, un templo de la cocina tradicional boliviana.
Evangelina y Honorato nacieron en Toro Toro, provincia Charcas del Departamento de Potosí, pero emigraron de niños a Cochabamba y aquí dejaron familia. Ella recibió la Medalla Alejo Calatayud como Mérito a la Tradición Social, otorgada por el Concejo Municipal. La hija mantiene el restaurant y ofrece música boliviana en vivo.
ASTERIA GARCÍA HEREDIA
Con Alfredo Medrano solíamos pasar días enteros en la Pensión Don Javier (Jordán y Suipacha), cobijados por la amistad de Javier Arze y de sus hijos, pero no sabíamos aquilatar la enorme contribución de doña Asteria García Heredia, la esposa de Javier, al funcionamiento del local. La recordé un día y volví a esa esquina donde todavía se sirve esos deliciosos platos de la mañana y de la tarde. La saludé con el cariño de antes y conversé con ella ahora que tiene 78 años de los cuales hace 70 años que radica en Cochabamba, porque nació en Oruro el 16 de agosto de 1933. Su papá, Benedicto García, cochabambino, murió en la guerra del Chaco y su mamá, Luzbelinda Heredia, era orureña. Doña Asteria se vino a Cochabamba a vivir con su abuelito, Bruno García. Estudió en la Escuela My. Víctor Ustariz y en el Colegio Santa Ana, es protesista graduada en la Academia Roosevelt, pero luego de su matrimonio con Javier un 13 de agosto, hace 40 años, se consagró a la atención del Restaurant. La pareja engendró 8 hijos, todos profesionales: Edgar, Gustavo, José Antonio, Ronald, Omar, René y María del Carmen